miércoles, 1 de agosto de 2012

Firmamento lleno de historias

Quim era un amigo que conocimos en el camping al que íbamos desde que tengo uso de razón, hacía años que estaba instalado allí con su mujer en un pequeño bungalow, nosotros sólo coincidíamos con él en verano y algunos fines de semana durante la primavera y el mes de septiembre. Quim odiaba la ciudad, prefería vivir en un reducido habitáculo con su mujer y disfrutar de la montaña nada más despertarse que vivir en una ciudad ruidosa y alquitranada. Decía que levantarse de noche y disfrutar del espectáculo que te ofrecía la noche ante un hermoso cielo estrellado no lo cambiaba por nada. Tendría unos sesenta y pocos años, le gustaba mantenerse activo haciendo un poco de deporte, cada día montaba en bicicleta y se trasladaba a la playa más cercana que estaba a unos ocho kilómetros para darse un baño.
Los veranos vividos en su compañía fueron especiales, eran noches en las que cuando nos aburríamos del dominó o cualquier juego de mesa, o de lo poco interesante de la televisión, o el sueño no parecía manifestarse, nos desplazábamos con nuestras sillas hacia el bungalow de Quim, se notaba que disfrutaba de la compañía de unos cuantos niños ya entrados en la adolescencia; él sabía que era el protagonista de las conversaciones en esas madrugadas, nos hablaba de aventuras de su niñez, nos daba consejos amorosos que a nuestros catorce años ya escuchábamos con algo más de atención, como un sin fin de consejos extras sobre la vida, pero con lo que se le notaba disfrutar al máximo era con el tema de astronomía, era un simple aficionado pero entendía mucho más que todos nosotros juntos, además, le ponía muchísima pasión y eso hacía que la observación del cielo a su lado tuviese más peso.



Aprendimos a distinguir algunas constelaciones, que se veían en esos meses de verano, planetas que siempre habíamos llamado luceros y a saber valorar lo que sucedía en la noche mientras el mundo en la oscuridad y el silencio parecía pararse. Lecciones simples que quedaron grabadas como: Siempre estamos en continuo movimiento, siempre. ¿Veis ese planeta? es Venus y mañana a la misma hora lo veremos más hacia la derecha, ¿veis aquel cúmulo de estrellas? está cerca de la constelación de tauro, se llaman las pléyades aunque para recordarlas mejor también las llaman las siete cabrillas, aunque es una constelación típica de las noches de invierno, a estas horas de la madrugada aún podemos disfrutar de ella. Todos nos quedábamos fascinados en su habilidad para hacer que nos concentrásemos en todo lo que explicaba, si nos hubiesen explicado en la escuela ciencias de la misma manera que Quim lo hacia, habríamos tenido sin duda mejores notas. 
Solía salir con su silla a observar el cielo cuando la mayoría ya estaban durmiendo en sus caravanas o bungalow's para así estar en absoluta oscuridad, se le oía refunfuñar si alguno de los vecinos de repente sin poder dormir sacaba alguna lámpara para tomar el fresco. A media tarde se le podía ver bajo el porche con su inseparable guía de campo de las estrellas, con la que había aprendido a identificar muchísimas constelaciones, nos contaba que el firmamento está lleno de historias mitológicas, y sin más se ponía a describirnos una: "Miraremos hacia el norte donde podremos estudiar muchas constelaciones asociadas a Perseo, Casiopea es un grupo de estrellas que forman una W. Cepheus (Cefeo, real consorte de Casiopea), está situado al norte y al oeste de la Reina, cuya presunción de ser más hermosa que Juno despertó la cólera de las ninfas del mar. Éstas enviaron a un monstruo marino (Cetus) para que devastara la costa y expulsara de ella a Casiopea, trasladándola al firmamento, donde está colgada con la cabeza hacia abajo la mitad del tiempo del año para que aprenda a ser humilde. Neptuno pidió que su hija Andrómeda, fuera encadenada a una roca como sacrificio de Cetus, Perseo acudiendo volando sobre los lomos de Pegaso (el caballo alado), rescató a la doncella".
Esto en concreto lo recuerdo porque me lo apunté en un papel que acabé memorizando. Quim nos invitaba a observar, sólo a observar y estar atentos, su gesto nos involucraba y nos hacía ver la astronomía como un juego. A mediados de agosto con la excusa de la lluvia de estrellas o perséidas nos hacía llevar alguna esterilla para podernos tumbar y observar cómodamente el cielo, se trataba de parpadear lo mínimo posible, o mejor dicho, estar atentos porque en cualquier momento aparecería una estrella fugaz, y quién sabe si algún escurridizo bólido, de cada diez estrellas fugaces que él veía nosotros a lo mucho veíamos dos, parecía como si Quim tuviese un gran angular, algunas estrellas aparecían por la derecha, otras más arriba, todo una locura pero era precioso eso de coleccionar deseos cada noche. Un día nos dijo que cada uno teníamos una estrella asignada, él mismo se encargó de adjudicarnos una, luego debíamos hacer un dibujo con las estrellas más cercanas a la nuestra y comprobar que saldría una letra, que a su vez sería la inicial de nuestra futura pareja. 
Creo que quería con ello implicarnos a sentir la ciencia mezclándola con lo que más alborotaba nuestros sentidos, esos cambios hormonales y deseos adolescentes y así saber admirar el cielo el resto de nuestra vida. Y por mi parte lo consiguió, no hay noche que no salga a disfrutar aunque sea unos minutos de ese espacio infinito, haga frío o haga calor allí estoy bajo el cielo estrellado, sólo cuando un nublado o tormenta me lo impide dejo de observarlo. Me prometí desde aquel verano mostrarle a mis hijos, si es que algún día tengo alguno, los secretos del firmamento y conseguir que las estrellas y luceros sean sus compañeros íntimos.