domingo, 3 de marzo de 2013

Dulce atasco

Estuve rodeando calles sin sentido, una me llevaba a otra que me dejaba en sentido contrario a donde yo quería dirigirme, aunque me confortaba ver que no era la única que se había metido en un atasco con salida al mismo socavón. 
¡Pero a quién se le habrá ocurrido la idea de hacer coincidir una obra de esta envergadura delante de un colegio y en plena temporada escolar! Hoy habría resultado más rentable haber salido de casa a pie. 



—¡Se puede saber qué se te ha perdido a ti por este barrio!
No me lo podía creer, era la voz de Berta, habría reconocido esa voz tan grabe en cualquier parte del planeta; hacía al menos un año que dejamos de trabajar juntas en aquel restaurante y desde entonces nos habíamos perdido la pista.
—¡Yo también me alegro de verte!
—Perdona Carla, es que si hay alguien que no esperaría encontrarme por estas calles es a ti, te hacía viviendo en otra ciudad.
—Al final el traslado de Salva no se llevó a cabo, cosas de funcionarios. Y el que me encuentres por aquí es pura casualidad, en realidad vamos a tener que darle las gracias al socavón que hay en la calle paralela al colegio del Sagrado corazón.
—¿Un socavón? No estaba enterada.
—Ni tú ni muchos de los que solemos acudir cada día a llevar a los niños al colegio. Digo yo que podrían haber puesto una señal de aviso unas semanas antes, que hacer semejante agujero no se planea de la noche a la mañana.
Tuve que dejar paso a un coche que tenía detrás y Berta aprovechó para otorgarme un espacio y poder estacionar mi coche en él. Salí para hablar más cómodamente y quitarme de encima la tensión que llevaba acumulada. 
—Si llego a imaginarme que llevar a los niños al colegio me iba a suponer este transbordo con el coche les hago ir andando, es más, hoy mismo les compro un bono bus para que bajen a la escuela solos. 
—No es por echarle un cable a tu enojo, pero si es una obra municipal no vas a tener suficiente con comprar un bono bus. 
—Sí claro, tú arréglalo.
—No te lo tomes a mal mujer, al menos nos ha dado la oportunidad de vernos después de tanto tiempo.
—Ya Berta, lo que ocurre es que hoy un atasco era lo que menos necesitaba.
—Esa exasperación huele a problemas al cuadrado. Vivo ahí mismo, si te apetece y no tienes nada mejor que hacer puedo ofrecerte un café en una terracita que te va a encantar.
—Ese plan me seduce más que llegar a casa y ponerme a planchar y cualquier lugar donde pueda degustar un café y despejarme un ratito será bienvenido.
En unos minutos estaba sentada en una pequeña terraza de un ático, rodeada de plantas, en su mayoría aromáticas, y unas espléndidas vistas al mar. Se apoderó de mí su azul mezclado con el aroma de albahaca y tomillo, salté del estrés a un paraíso en menos de diez minutos, allí me abandoné a la tranquilidad dejándome acariciar por la brisa y observando algunas nubes que cambiaban de forma al mismo tiempo que desaparecían.
Mi mente se desactivó al escuchar a Berta manipulando menaje detrás de mí. Respiré profundamente, como queriendo absorber aquel entorno tan preciado y dosificarlo después al volver a mi rutina.
—Por dios Carla, como respires muchas veces así vas a dejar a mis plantas sin oxígeno.
—Dicen que suspirar profundamente te renueva por dentro.
—No, esos poderes sólo lo tienen los yogures Activia y tú lo que has hecho es dejar tus pulmones casi sin vida.
Había olvidado que con Berta cualquier conversación podía acabar con un tono irónico.
—No sabes cuanto te agradezco esta invitación Berta.
—Sabía que esta terraza iba a cautivarte, ya sabes que puedes venir a llenarte de gozo siempre que quieras. 
—Ese rincón de plantas aromáticas me encanta, yo tengo cuatro y mal cuidadas.
—Son imprescindibles para la cocina y algunos remedios caseros, así que mejor tenerlas a mano.
Nos quedamos en silencio disfrutando de la revolución aromática, un sorbo de café llevó a otro y volví a dejar en libertad un suspiro que hizo que Berta se pusiese a reír a carcajadas.
—Nena, esos suspiros son de amor o los ha provocado el socavón.
—¿De amor? No Berta, estos suspiros los provoca este bienestar y el agotamiento.
—Agotada, fatigada... si me sonará a mí eso.
—Sí, sí, todos los sinónimos que queramos añadir y después súmale que estoy harta, harta de llegar a casa y no tener vida propia, ni un poco de espacio, ni tiempo para mí, harta de sentirme un cero a la izquierda después de haberme pasado el día trabajando fuera y dentro de casa.
—Pero si sois cuatro mujer, alguna ayuda tendrás.
—¿Ayuda? Esa palabra se viene obviando en casa desde siempre, sobretodo desde que nacieron los niños.
—Por tu tono deduzco que Salva es el que menos empeño pone en...
—En nada, lo que se dice nada, él llega de trabajar y su cabeza no detecta que cada día hay que hacer comida y cena, platos que sacar del lavavajilas, ropa que poner a lavar o recoger del tendedero, como tampoco que los niños traen deberes del colegio y hay que echarles una mano...
Desplumé mis penas mientras Berta frente a mí me observaba quieta, vertió más café en las tazas al tiempo que movió su silla buscando una sombra.
—No sé qué consejo darte. Quizá que los reúnas a todos y les hables como lo estás haciendo ahora conmigo.
—Ya lo he intentado todo Berta, hoy mismo he discutido con Claudia.
—Mujer, si tu hija debe estar ahora pasando por la etapa de...
—Sí, ya sé, la edad del pavo. Pero es que yo a su edad no era tan lacia.
—Carla, seguro que sí, pero no lo recuerdas. Pregúntale a tus padres y verás.

—Que no Berta, que no, que los jóvenes de ahora están incontrolables, lo tienen todo y...
—He ahí, tú lo has dicho. Le otorgamos demasiados caprichos por el mero hecho que nosotros no  los tuvimos.

—Qué ilusa de mí creyendo que cuando creciese tendría alguna ayuda con ella, que empezaría a colaborar más en casa pero todo lo contrario, sólo quiere estar en casa de las amigas o en el búnker de su habitación que empieza a parecer una leonera. Y Luís con nueve años, no hay quien lo saque del salón viendo la tele o pegado a la consola, que para colmo comparte con su padre. De verdad Berta, últimamente estar en casa me produce una angustia terrible, un día tras otro mi vida va perdiendo sentido y creo que como siga así voy a...
—Lo que necesitas es ir a un profesional que te ayude mujer.
—Sí claro, a un psicólogo para que me atiborre de pastillas.
—Te irá bien hablar de tus problemas con alguien imparcial, si quieres te puedo pasar el contacto de uno bastante bueno, te va a ayudar muchísimo, y no temas, las pastillas te las recetará como último recurso.
—Necesito un cambio Berta.
—Bueno, al menos sabes lo que necesitas, ya es un punto a tu favor. Cambia de hábitos, haz algo que te llene mucho, aunque los demás no lo compartan. 
—Pero si me falta tiempo hasta para depilarme.
—Búscate un hobby, un entretenimiento, vente a mi casa a robarle el oxígeno a mis plantas si hace falta pero cambia algo mujer. Yo hoy mismo me he apuntado a un curso de repostería creativa, ¿por qué no te apuntas conmigo? Te vendrá bien hacer algo distinto y quitarte de obligaciones un par de horas a la semana. 
—Claro, y remato esta ansiedad comiendo pasteles. 
—¿Lo ves? tú misma pones piedras para no evolucionar. Reacciona Carla, si no lo haces tú nadie más lo hará por ti. Te he propuesto lo del curso porque siempre se te ha dado bien la repostería y este en concreto tiene muy buena pinta.
—Perdona Berta, es que estoy algo nerviosa, pero sí, tengo que hacer algo.
—Piénsatelo, hasta el próximo lunes hay tiempo, pero no te duermas porque estos cursos tienen plazas limitadas y…
—Bueno, vale. Dónde hay que firmar…
Berta se levantó con la furia de un ciclón, ató mi desolación a una silla, tomó las llaves de su coche y a mí me arrastró hasta el centro culinario para no dar paso al arrepentimiento. Se puso a conducir con destreza por las calles repletas de tráfico. Paró ante un semáforo y dijo:
—Verás que bien lo vamos a pasar juntas entre chocolates y cremas pasteleras. —Hizo una pausa para no perder de vista el semáforo y prosiguió—. Y recuerda que nada en esta vida pasa por casualidad. 
Esa frase me hizo razonar. La verdad es que unas horas antes un socavón estaba enterrando las pocas pretensiones que me quedaban, huía dando vueltas sin sentido por otras calles que me conducían de nuevo al mismo lugar, si quería cambiar algo tenía que empezar con un pequeño gesto. 
Por alguna razón tuve que pasar por todo ese atasco para encontrarme con Berta, acceder a su invitación, concederme un poquito de tiempo en su terraza y luego estar riéndome con ella camino a un centro culinario.
Volví a suspirar profundamente observando el semáforo que aún permanecía en rojo mientras me proponía darle forma de pastel a una nube que había sobre nosotras.