sábado, 22 de diciembre de 2012

Algo o alguien imprescindible

Se nota que María se ha adaptado a mi carácter con facilidad, ya conoce todas mis manías y no le falta detalle alguno para conmigo, a primera hora de la mañana ordena, limpia y prepara el rincón donde paso la mayor parte de mi tiempo, ya se cuida ella que estos dos grandes ventanales estén impolutos, ni que tuviésemos niños por aquí dejando las manitas marcadas.
Me mantengo sentada aquí horas y nunca pensé que mi mayor distracción sería contemplar a la gente tras una ventana, aunque he podido comprobar que me gratifica más que la televisión, que sólo ponen programas para irritarnos, voceríos y peleas llamados debates, chismes comprados y alguna película con más drama que la propia vida. Ya tuve bastante en la habitación del hospital compartiendo televisor con la compañera de habitación, yo sin necesitarla y ella no dejaba de echar monedas para que el aparato no dejase de emitir luz y voceríos, menos mal que sólo estuve cinco días, alguno más y habría acabado por cargarme el televisor en algún momento en la que ella quedaba kao con el mando en la mano. Si al menos me hubiese tocado el lado de su cama con aquel espléndido ventanal habría sido menos sufrida la convalecencia. Añoré tanto observar por la ventana de aquella habitación que cuando llegué a casa me habilité una mini estancia en el rincón más luminoso de casa, el salón, en él tengo sol prácticamente todo el día porque es diáfano.
Desde que llegué del hospital la vida a través de ese gran ventanal se me antoja interesante.
Cada mañana, después de asearme, María prepara el desayuno para ambas, lo tomamos aquí juntas, al lado de esta ventana, ella conoce algunos transeúntes y me ayuda a saber de ellos y organizar sus vidas a nuestro antojo. Empezamos a despellejar a algunos que son asiduos a hacer los mismos gestos a diario, luego recoge la mesa y empieza con sus tareas de limpiar sobre limpio y hacer la comida. Siempre he sido muy independiente y desde que enviudé me he vuelto muy exigente, el hecho de tener que depender de alguien extraño que soporte mis manías y encima tenga que soportar yo las suyas me resultaba un poco incómodo y difícil de aceptar, pero he de decir que la recomendación de mi cuñada Luisa fue acertada –con esta chica no vas a tener problemas, es seria y responsable con su trabajo–. Y tenía razón.
Desayunamos, comemos y cenamos juntas y cuando ha terminado de limpiar lo que sigue limpio se sienta conmigo, algunas tardes echamos unas partidas al dominó, al parchís o la oca, los clásicos juegos de mesa que según María nunca fallan y entretienen. Otras veces enciendo un rato el televisor que aunque no me lo pide el cuerpo sé que a ella le gusta, veo como se queda hipnotizada con esos chismes y empieza a cambiar canales, a cual peor, pero claro, la entiendo porque estar conmigo debe resultar aburridísimo, no es cuestión de estar las dos aquí conversando con el silencio de nuestras respiraciones, sobretodo cuando oscurece y lo que ocurre en la calle pasan a ser sombras con algún haz de luz cuando pasan bajo las farolas, la de veces que me pregunto qué clase de transeúntes andarán a esas horas, cómo serán sus vidas.
Esta mañana nos hemos reído un rato con sólo observar la zona del kiosko de Emilio, como cada mañana hemos visto a Joaquín pararse delante de la pila de diarios y revisar la mayoría de ellos, los abre cono si fuesen suyos, pasa las hojas humedeciéndose el pulgar y con gran rapidez se lee los titulares, luego los vuelve a plegar y dejar en su lugar, eso sí, antes de marchar se pide un paquete de pipas que se come en la plaza de al lado rodeado de palomas, no entiendo como Emilio deja que haga eso, si todos hiciéramos lo mismo no vendería ni un periódico. Y como hoy era miércoles tocaba la llegada de Berta con su impaciencia pegada a su uniforme negro, Berta es una de las peluqueras de la calle, y digo unas porque hay tres, será que la calle se merece que la peinen. Berta siempre va a piñón fijo, compra cuatro o cinco revistas, de esa prensa rosa que nos colocan frente a los espejos o secadores; debo ser la única que ni las mira de reojo, a saber cuántos pulgares sobados de saliva han pasado por esas páginas.
Pero hoy el remate ha sido el portero del bloque de enfrente, un tal Mario, es la tercera semana que lo vemos merodear por el kiosko con las manos en los bolsillos, mira de un lado a otro como si estuviese a punto de robar algo y huir como un niño en una tienda de golosinas, pero no, lo que hace es esperar a que no pase nadie cerca para comprar un par de revistas porno. He de decir que sabemos que son revistas porno porque están colocadas en un sitio estratégico para no ser demasiado vistas por los niños que merodean por allí, al menos eso dice Emilio ¡Qué iluso Mario, si supiese que estamos aquí María y yo con nuestros ojos puestos para ver sus movimientos! y me refiero a los movimientos de la compra, porque los que hará después en su intimidad pasando hojas de papel cuché a todo color ya se lo dejamos a...
Esta mañana, la visita al kiosko de Mario nos ha pillado desayunando y casi nos atragantamos con el bizcocho, y no era por seco ni por falta de café, sino porque María se ha puesto a imitar a Mario con sus revistas pornográficas en horas ociosas y hasta me ha dicho que lo mismo cuando bajase a hacer la primitiva se pasaría por la portería a ver si lo pillaba infraganti, la película que ha montado imaginándose la escena me ha hecho reír tanto que he cogido hasta dolor de estómago. Ya le he dicho que en cuanto mejore y pueda salir por mi propio pie quiero que me acompañe al grupo de teatro en el que a veces colaboro, ese don que tiene María tiene que exprimirlo, encima transmitirá al grupo mucho humor que buena falta nos hace.
Para que luego digan que la televisión es el mejor entretenimiento, a mí con esta mujer no me hace falta alguna. Ahora mismo sale un olor de la cocina que merece un premio, y en lugar de describirlo voy a ver si puedo acercarme con ayuda de mis muletas a la cocina y probar la comida mojando un trocito de pan, ya sé que cuando me vea aparecer por la cocina me reñirá y es entonces cuando le contestaré: –Pero María, si es que este aroma que inunda todo el piso hace que se pongan en pie hasta los dolores ¿no crees que este es el mejor signo de recuperación que puedes ver en mí?– Ella se reirá y me cortará un trocito de pan con morcilla de su pueblo, rica, rica y me dirá: –Pruébela Berta, la hace Encarna y su marido, parece la morcilla que hacían en el pueblo de mis padres, esto sí levanta lo que haya que levantar...– Me miró con cara de pícara y nos volvimos a reír, supongo que pensando en Mario.
Ya le voy diciendo que cuando esté recuperada quiero ampliarle el contrato para que siga mimándome y haciéndome pasar gratos momentos, está claro que cuando envejecemos nos vemos en la necesidad de necesitar o de buscar algo o alguien que sea imprescindible, hoy María es ese alguien y la ventana ese algo.

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