viernes, 7 de diciembre de 2012

Cadillac solitario


Llegó asustada, aturdida, reconocí su voz al hablar con la enfermera en la ventanilla de la sala de urgencias, escuché como le decía que había venido sola, que las molestias que sentía le habían sorprendido entre la pescadería y la panadería, que no atinaba a llamar por teléfono a su marido o hijos; mientras la enfermera la tranquilizaba me detuve para interrumpir la conversación, agregué que yo la conocía y quería ser la acompañante hasta que llegasen sus familiares, fue una casualidad que me encontrase allí, justo cuando marchaba de mi cita de traumatología. Ana me miró sorprendida y me abrazó con gran entusiasmo, como si hubiese visto a su ángel de la guarda, la verdad es que me pregunto la de veces que ella llegó a ser el mío. Hicieron pasar a Ana para un reconocimiento de urgencias, a mí me pidieron que estuviese atenta en la sala de espera, todo apuntaba a un posible infarto, me quedé con las pocas pertenencias de Ana, una bolsa isotérmica con pescado en su interior, una barra de pan en una bolsa de lino y su bolso, me senté y busqué el teléfono en el bolso de Ana para llamar a Fernando, su marido. Observando los números de teléfono empecé a hacer un recorrido por el recuerdo, por sus caras, sus voces, es increíble lo bien que recuerdas las cosas vividas durante la infancia.
Ana ha sido siempre una gran amiga de la familia que dejé de ver justo unos meses antes de marcharme a vivir a México. Ella y su marido tienen tres hijos, dos chicas, Elvira la mayor nacida justo un año después de su boda y Sonia que vino dos años después de nacer Elvira; ocho años más tarde, cuando ya no creían poder ver más niños correteando por la casa, Ana volvió a quedarse embarazada de Ricardo, el hijo menor. Ricardo y yo nacimos el mismo día, en el mismo hospital y con una hora de diferencia. Mi madre y Ana se conocieron en una sala de pre-parto del hospital y ahí empezó una pequeña amistad hasta la fecha, una amistad que fue anidándose en tardes de cafés, guarderías y colegios.

Como Ricardo y yo íbamos al mismo colegio nuestros padres se pusieron de acuerdo para irnos a buscar por turnos a la salida del colegio cada día, mi padre lo hacía al mediodía y Ana por las tardes, ella se convirtió en una especie de niñera, siempre me llevaba de la mano y cuando llegábamos a su casa nos preparaba una merienda, luego nos reunía en una mesa redonda y cuando no estaba Sonia o Elvira nos ayudaba a hacer los deberes, allí pasaba la mayoría de mis tardes hasta que alguno de mis padres pasaba a recogerme.
Algunas tardes se presentaba mi madre en la puerta de la escuela sin yo saberlo, entonces ambas improvisaban una merienda en una cafetería cercana a la escuela, Ana y mi madre se tiraban horas hablando y Ricardo y yo horas y horas inventándonos juegos en el parque de al lado, cuando nos aburríamos de uno inventábamos otro, a veces nos hacíamos pasar por novios con otros compañeros de juego, cuando Ana nos veía haciendo ese papel se reía y agregaba un comentario como: —Mi Ricardo al final se casará con Lucía ya verás—. A lo que mi madre respondía: —Déjalos que lugar tendrán de…—Otras tardes se venían al parque con nosotros y se sentaban en un banco, yo podía ver a mi madre derramar alguna lágrima y a Ana sacando algún pañuelo de su bolso consolándola, Ricardo me miraba haciendo preguntas, yo en cambio no tenía necesidad de hacerlas porque ya sabía qué era lo que las provocaba.
Entre mis padres cada vez había más discusiones, más vacíos,  yo empecé a distraerme con facilidad en clase, obtenía peores notas, me obsesioné con cambiar el mundo dentro de mi mundo, el de aquella casa, lo comparaba con el de Ana y su familia y más me irritaba, hasta llegaba a odiarlos por ser tan felices, por parecer tan perfectos, tan unidos, había días que yendo con Ricardo al colegio lo trataba con desprecio como queriendo que pagase todo el rencor que llevaba dentro, sobretodo cuando él me cogía de la mano para invitarme a alguno de sus juegos; el problema de mis padres me hacía ver el mundo de pareja tan frágil que no quería otorgarle a nadie un ápice de ilusión, y con Ricardo no iba a ser menos, era la persona con la que más horas pasaba, teníamos escasos doce años y ya empezaba a haber en mí una cierta desconfianza en eso que llamaban el amor.
Vivir la separación de mis padres no me resultó nada fácil, tuve que acostumbrarme a vivir entre tres casas, la de mi madre, la de mi padre con su nueva amante y la de Ana y su familia, donde me sentía mejor que en ningún sitio. Pero los cambios llegan, a veces para bien y a veces para darnos cuenta de que podrían ser mejores y el cambio que parecía ser positivo y no resultó tanto fue cuando decidí hacer bachillerato y Ricardo prefirió centrarse en una formación profesional, quería dedicarse a la electrónica, ahí me di cuenta del gran cambio en mi interior, un sentimiento que intentaba obviar pero existía y crecía. Ricardo y yo empezamos a vernos menos, cada uno en su nuevo instituto, nuevos compañeros, nuevos trabajos. A veces llegaba a su casa con la excusa de alguna duda en matemáticas y así poder verle y al no encontrarlo allí volvía a casa enrabiada, me encerraba en mi habitación a llorar haciéndome infinidad de preguntas que no tendrían nunca respuesta ¿por qué, por qué él? Ricardo fue un amor con sabor a especias, de esos que no se olvidan, lo llaman el primer amor pero yo lo llamo el único, por ser el único que me hizo llorar de felicidad. Vivimos y convivimos muchos años, con sus estaciones, con sus lluvias y sus soles, con sus juegos de sonrisas y algunos enfados, y simplemente llegó un año con sus  días y sus horas y el destino decidió no concedernos más, disfruté cada segundo de ese tiempo y de ello guardo los mejores momentos de mi vida.
Me pareció tan extraño que esta historia la estuviese removiendo con sólo coger el teléfono de Ana y encontrarme en la agenda el nombre de Ricardo y el de su s hermanas. Desde bien pequeña me gustaba quedarme ida en historias que inventaba, pero esta vez estaba en la vida real y tenía que reaccionar, Ana estaba en urgencias, tenía que empezar a avisar a alguien de la familia, no sabía qué hacer, con qué número empezar a notificar su estado, al fin al me decidí por Fernando, el cual en menos de quince minutos se presentó en aquella sala de espera. En breve salía una enfermera para confirmarnos que efectivamente había tenido un pequeño infarto, su tensión estaba alta y que tenían que seguir haciéndole más pruebas, nosotros debíamos seguir esperando hasta nuevo aviso. Fernando salió de la sala de espera para llamar a sus hijos. Los quince o veinte minutos que tardaron en llegar Elvira y Sonia se me hicieron eternos, en cuanto me vieron se abrazaron a mí, me dieron las gracias por haberme quedado allí al lado de su madre. A Ricardo no lo vi llegar con ellas pero lo sentí detrás, como una aguja, percibí su presencia, noté su olor y cuando me giré lo noté sorprendido, como si nadie le hubiese dicho que yo estaría allí, me dio dos besos y preguntó por su madre, aproveché para contarles a los tres todo el encuentro casual en el hospital. En cuanto nos dejaron ver a Ana decidí que ya tocaba marcharme, Sonia se ofreció a acompañarme a casa pero fue Ricardo quien se adelantó cogiéndome del brazo, acepté, me despedí de todos y prometí pasar a ver a Ana al día siguiente o mantenerme informada por teléfono.
Fuimos de camino al parking resumiendo algo nuestras vidas, de lo que habíamos conseguido, del feliz nacimiento de su hija hacía un año, de mi carrera, etc. Al meternos en el coche rápidamente abrió la guantera que tenía delante de mis rodillas, pude notar su brazo, su calor, estaba intrigadísima por lo que buscaba, estaba tan nerviosa después de ese paseo por el recuerdo que hasta llegué a imaginarme si era para provocar algún momento con los que siempre había fantaseado, dejé de soñar viendo como se le iba la vida en cambiar el cd. Perpleja me quedé cuando después de encender el coche empezaron a salir las primeras notas de una canción de Loquillo, Cadillac solitario, no sabía cómo esconder aquel escalofrío en la piel, noté que él disimulaba, supongo que quería esperar mi reacción pero acto seguido empezó a cantar a duo con José María: "siempre quise ir a L.A. dejar un día esta ciudad, cruzar el mar en tu compañía…" detrás de esa estrofa decidí seguirle y en el coche ya éramos tres, me absorbió el momento, no podía dejar de cantar, al terminar la canción bajó el volumen y me dijo: –lo tengo para casos extremos, cuando me apetece mucho olvidarme de problemas y demás cosas, siempre pongo este cd, me sirve de terapia–. Deduje que se refería al impacto de su madre en el hospital, no sé. La música seguía y la selección era cada vez mejor, todas eran canciones que escuchábamos en un radio cassette encerrados en la habitación de sus hermanas, a nuestros quince años, cogíamos prestado su música mientras ellas se divertían en la disco, para nosotros era como un paso a ser más adultos, dejamos atrás las melodías pegadizas de canciones infantiles  y empezamos a sentirnos maduros escuchando la música de sus hermanas y prestábamos más atención a sus letras.
Llegamos a mi barrio, yo con ganas de seguir en ese coche, a su lado, le habría pedido que condujese toda la tarde por caminos absurdos que nos llevaran a ningún lugar, pero presentí que tendría necesidad de volver al hospital. Acto seguido veo que busca espacio para aparcar el coche y para el motor para decirme: –Me apetece mucho tomarme un café ¿quieres acompañarme?– Acepté, entramos en un bar en la misma calle y nos sentamos en unos taburetes, esta vez empezó a hablar de nuestras travesuras de infancia, podía ver como su rostro se transformaba en aquel Ricardo de niño, de repente sonó su teléfono, él se excusó y respondió escuetamente. Su cara volvió a la normalidad, un rostro de estrés se dibujaba en sus mejillas. Me pidió disculpas, al parecer la llamada era de su mujer que estaba en esa misma calle y había visto su coche aparcado y al hacerlo en el hospital se extrañó… Me pidió el número de teléfono con mucho nerviosismo, como si el reloj le estuviese restando vida, se lo escribí en una servilleta de papel y le dije que se marchase, que por esta vez le invitaba yo. Se volvió a disculpar diciéndome que me llamaría. Lo vi alejarse como el Cadillac solitario de la canción, terminé mi café ojeando la prensa, pagué y me marché. No había recorrido ni una manzana cuando suena mi teléfono, era Ricardo, diciéndome que estaba una calle más arriba, que me había dejado algo en el coche, mientras aceleré mi paso para encontrarme de nuevo con él iba pensando qué podía ser, entonces me lo encontré de frente, con la bolsa isotérmica y la barra de pan, empecé a reirme como si estuviese ante un comediante, pero sin dejar de mirarle a los ojos, como si fuese la primera vez después de mucho tiempo; al acercarme a él me dio un abrazo largo de esos que no te esperas pero deseas, luego me dijo: —No podía despedirme así sin más, desde que te he visto en el hospital no he sabido cómo darte un abrazo, me he quedado bloqueado y tomando el café no sabía qué paso dar para… y al meterme en el coche y ver esa bolsa isotérmica pensé que…– Yo observaba sus ojos moviéndose como los de un juez de línea en un partido de tenis, esperando una falta o quizás... De nuevo me asaltaba la fantasía que fue interrumpida por el sonido del teléfono, esta vez era su hermana comunicándole que a su madre la iban a mantener en observación 24 horas, pero estaba estable, él le dijo que en seguida estaba allí y colgó. Suspiramos de alivio y nos despedimos con torpeza, como quedándonos con ganas de muchas despedidas pendientes, como si quedasen muchas cosas que revivir, pensé que por respeto a su madre debía darme la vuelta, ayudarle a irse y alejarme hasta saber qué otra ocasión.
Llevaba ya unos metros dándole la espalda cuando escuché su coche arrancar y pasar por mi lado, vi como bajaba la ventanilla y escuché la voz de Loquillo gritar: ¡¡Nenaaaaaaaaa!!

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