lunes, 18 de febrero de 2013

Al menos inténtalo

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Llamé a Fernando para saber la evolución y recuperación de Ana, me salió el contestador. Nunca estoy preparada para responderle a una máquina que te pone una señal con cuenta atrás y a la que tienes que dejarle muy resumidamente lo mucho que querías decir en pocos segundos; segundos en los que tienes todas las papeletas de quedarte en blanco o colgar, pero esta vez ninguna de esas me tocó —hola Fernando, soy Lucía, quería saber cómo está Ana, volveré a llamarte, un beso—. 
Corrí las cortinas y dejé entrar al sol y acompañada de su calor me senté en el suelo entre cojines, desde que volví de México disfruto de pequeños momentos como estos, abrir las ventanas y observar las nubes o el simple cielo es todo un lujo para mi imaginación, pero estaba un poco tensa para andar llamando a las musas. Seguía con el móvil en la mano y busqué en mi lista de mp3 la canción de Cadillac Solitario para añadirla como tono de llamada, la asocié al número de Ricardo para diferenciar una posible llamada suya a la del resto de contactos. Al ver la hora de la llamada del día anterior recordé el momento en el que Ricardo llevaba aquella bolsa de pan en la mano y un abrazo en la otra.
En mitad de mi emotivo trance sonó el teléfono, era el número de Fernando, —hola Lucía soy Ricardo—, no me lo podía creer, yo que me había preparado un tono de llamada personalizado para preparar mi corazón a la voz de Ricardo y va el destino y me torea de esta manera.  
—Hola Ricardo, me he sorprendido al escucharte, esperaba... 
—Sí, esperabas escuchar a mi padre claro, lo entiendo. Cuando has llamado estaba hablando con Elvira y como mi padre no tiene muy de la mano el tema de mensajería de voz he sido yo quien ha escuchado tu mensaje, así que he decidido responderte yo personalmente.
—Gracias, bueno y la paciente, ¿qué tal está?
—Pues muy bien, me he quedado esta noche con ella aquí en el hospital y la verdad es que ha dormido como una marmota, ahora le están haciendo un último reconocimiento, la enfermera nos ha dicho que seguramente nos podremos ir a casa antes del mediodía.
—¡Qué buena noticia! Me alegro muchísimo Ricardo. 
—Lo sé, lo sé. Bueno, ayer no te di las gracias por haber estado en el hospital dando la cara como acompañante, si no llegas a estar aquí...
—Pues no habría pasado nada, en el hospital se habrían puesto en contacto con alguna persona cercana preguntando a tu madre, la coincidencia que estuviese yo por allí resultó ser la solución.
—Ya, ya, si con los móviles y resto de tecnología nos tienen fichados a todos, igualmente no es razón para excusarse, ¡te debo una!
—¿Sólo una? ¿Acaso has olvidado las que me debes tú de cuando éramos críos?— Empezamos a reír y entre mi tontería y su risa noté que alguien le reclamaba, de nuevo intervino la interrupción.
—Lucía, lo siento, te llamo en unos minutos. ¡Hasta ahora!
Creo que cortó la llamada antes de mi despedida, que de cinco palabras la última era un beso.



Mientras esperaba pensé que podría ser el momento de hacer una limpieza de llamadas perdidas, fotografías absurdas, incluso direcciones de correo electrónico de clientes de la empresa en la que trabajé el año pasado. ¡Cómo podemos tener tanta información en estos teléfonos, tenemos en sus entrañas parte de nuestro adn!
Estaba tan ansiosa que corroboré tres veces el volumen del teléfono, tengo costumbre de ponerlo en silencio cuando trabajo y luego olvidarme de desactivar la función. 
Tuvieron que pasar dieciocho minutos para escuchar por fin el tono del Cadillac Solitario.
Creo que inspiré aire como si me fuese a sumergir en una piscina para retar a mis pulmones, luego espiré haciendo tiempo para disimular mi estado de ansiedad.
—Hola Ricardo.
—Perdona que antes te cortase sin más, es que mi padre había salido a fumarse un cigarro fuera y yo era el único pariente a quien podía dirigirse la enfermera.
—No te preocupes, ¿te han comunicado ya cómo han ido las pruebas?
—Pues sí, todo bien, ya podemos volver a casa. De hecho mientras mi madre se viste he bajado a tramitar el alta.
—Qué buena noticia. Y tú ¿cómo la has encontrado?
—Bien, muy bien, he estado hablando con ella hace unos minutos, le he comentado que habías llamado y me ha dicho que por suerte no hace falta que vengas a verla al hospital pero sí agradecería que la fueses a visitar a casa. ¡Ahora le debes una a ella!
—Eso está hecho, puede que mañana pase a verla, que hoy necesitará relajarse.
—Como quieras, si vas a venir mañana intentaré estar allí—. Se me clavó ese intentaré y dejé que mi impulsividad contestara por mí.
—¡Cómo que lo intentarás, espero que estés y punto!
Quizá no fueron las palabras más apropiadas para demostrarle que me haría mucha ilusión verle de nuevo y a ser posible sin interrupciones.
—Mira, porque esta tarde quiero descansar que sino ahora mismo te pasaba a buscar para tomarnos algo juntos, pero llevo veinticuatro horas en este hospital y mi cuerpo pide dormir.
Tal vez mi impulsiva respuesta había tocado algo su corazoncito. Yo me quedé en silencio dejando que mi imaginación volase pensando en que su cuerpo le pidiese algo más que descansar y a ser posible a mi lado, esto de llevar más de un año sin pareja me lleva a...
—Laura, ¿estás ahí?
—Sí, sí, perdona, he tenido un lapsus de los míos. Que sepas que hoy habría sido un placer aceptar esa invitación, pero no quiero verte bostezar mientras un par de cervezas te rematan.
—Siempre has tenido un don para rematar una conversación con gran sentido del humor, bueno ya veo a mis padres acercarse. ¡Hora de zarpar, qué ganas tengo de salir de este lugar!
—Normal, bueno, no te entretengo. Dile a tu madre que iré mañana a verla y a ti no te digo más que...— me interrumpió con una frase que no supe como digerirla.
—Creo que podrán más mis ganas que mis intentos. Un beso y de nuevo gracias Laura.
Esta vez me despedí con tres palabras de las cuales una fue un beso.