lunes, 11 de febrero de 2013

¡O mía o de nadie!

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Otra virtud de María es la puntualidad, es por eso que me extrañé cuando no apareció abriendo la puerta a eso de las ocho de la mañana, imaginé varias teorías que podían ocasionar ese retraso, una caída, una llamada de algún familiar enfermo, un posible retraso del transporte público... 
Sentía llover, hoy algún taxista o conductor de autobús estará más irritado de lo habitual, en días así se suman los coches y la ciudad queda intransitable y algo desordenada, eso sí, aumentan los colores gracias a los paraguas e impermeables que contrastan con el plomizo color del cielo, así que no tardé en levantarme y disfrutar de las luces de los coches y los semáforos reflejados en el asfalto mientras desayunaba, algo que María aún no entiende, de hecho deberá estar maldiciendo la lluvia por como se deben estar quedando los cristales, esos por los que observamos cada día la vida de los demás pasar, algunas de apariencia lujosa y otras con aspecto de ocasión. 
Me levanté para ir aseándome; el baño y una habitación que hacía servir Andrés como taller son las únicas estancias de mi casa que dan a la parte de atrás con vistas a un patio de uno de los colegios del barrio y por el que ya se empezaban a oír algunos niños que estarían estrenando sus botas de agua entre charcos.
Después, por si María había empezado el día con mal pie decidí acercarme a la cocina con muletas a preparar el desayuno para ambas, la verdad es que me encuentro cada día más ágil, pero sin  compañía no me atrevía a pasearme sin apoyo.
Moverme por la cocina con muletas me resultó un tanto embarazoso y hasta cómico, me sentía casi como un marine en una pista americana intentando esquivar el verdulero y un par de taburetes, me inquieté intentando localizar el pan, los cereales, el azúcar y el café; todo estaba cambiado de sitio a la comodidad y costumbres de María, de nuevo volvía a sentirme como una niña, pero esta vez jugando al escondite. Mi primer día a solas en la cocina después de la operación y mi empeño en querer ser auto suficiente me estaba resultando un tanto estresante.
Sentí la llave en la cerradura y un suspiro deslizarse por el pasillo al ritmo acelerado de unos pasos, en cuanto me vio en la cocina empezó a disculparse y al mismo tiempo a echarme la bronca por estar enredando en la cocina con las muletas abandonadas al lado de un cubo de reciclaje. Se lavó las manos y como un autómata terminó de organizar lo que yo a penas había empezado. Me acompañó al comedor diciéndome que tenía que explicarme sentada y con una dosis de cafeína el motivo por el cual se había retrasado.
Corrió las cortinas quejándose del tiempo, la animé diciéndole —siéntate y disfruta del día que invita a quedarse en casa sin hacer nada, además, lo limpio de ayer limpio sigue—, pero ella intentaba recuperar su retraso moviéndose como la pólvora, mientras iba y venía con las cosas del desayuno fue trasmitiéndome lo que había escuchado en la radio nada más levantarse, el día iba a estar cargadito, no sólo por la renuncia del papa Benedicto XVI, sino por las intensas tormentas y fuertes vientos; y por el zarandeo de las cuatro plantas que Adela tenía en su terraza ya había empezado la función.
Se sentó frente a mí, nerviosa, sólo se sirvió un poco de café y empezó a contarme que cuando se dirigía a coger el metro se encontró con Juan, su ex marido, lo vio montar en la misma parada y para despistarlo hizo un recorrido distinto, la estrategia le salió bien en parte, porque Juan sabe perfectamente donde trabaja. 
María sólo me ha hablado de él en un par de ocasiones y recordaba de alguna conversación que nunca fue feliz con él, quizás durante el noviazgo porque estaba loca por sus huesos pero luego al casarse todo se giró, el amor, el deseo y hasta el apego; y no me extraña, porque convivir con un hombre celoso y posesivo no puede ofrecerte felicidad alguna.
Un hombre que durante muchos años le otorgó en casa el papel de chacha tonta mientras él, totalmente ebrio, se gastaba el dinero apoyado en la barra de un bar esperando a que las máquinas tragaperras le guiñasen un ojo con la fortuna de su interior, luego cuando volvía a casa con los bolsillos en bancarrota se desahogaba dándole palos a ella y a su perro. —Debí denunciarlo entonces, debí separarme hace muchos años y haber disfrutado más de la vida—, me comentaba aturdida.
Un día María escapó de las voces y palizas dando el paso a la separación, no le perdonaba nada pero tampoco lo denunciaría, el miedo acumulado era más fuerte, deseaba con todas sus fuerzas intentar rehacer su vida, cogió los cuatro bártulos que le importaban y el resto de recuerdos desagradables los dejó en aquel minúsculo espacio sin ni si quiera mirar atrás. La única suerte de aquel matrimonio es que no llegaron a tener nunca una vivienda de propiedad, con el poco dinero que entraba en esa casa sólo podían permitirse un reducido piso de un cómodo alquiler que ella misma pagaba haciendo de asistenta al mismo arrendador. 
Su hermana Cristina le ofreció temporalmente que se fuera a vivir con ella, su marido e hijos al barrio de Simancas, pero cuando los días empezaban a tener el adjetivo de normales se encontró con un Juan borracho de ira esperándola en aquel portal despojando su cólera a tortazos, huyó dejándole la marca de la venganza. María sumó su rabia a las pocas fuerzas que le quedaron y acompañada de su hermana se dirigieron a una comisaría para tramitar la denuncia, desde entonces tiene una orden de alejamiento que al parecer le cuesta mucho acatar.
Ella sabe que Juan no cambiará nunca, de hecho hace mucho tiempo que no siente nada, ni lástima, ni pena, ni odio, insiste que por nada del mundo volvería con él.
Intenté tranquilizarla, le comenté que si le volvía a ocurrir algo así con Juan me avisase por teléfono y yo misma me encargaría de enviarle un taxi para recogerla. Asentía con la cabeza doblando una y otra vez una servilleta de papel, toda ella era inquietud y es que la raíz de su retraso no había terminado.
Al parecer hace un par de días Juan le había dejado un mensaje en el contestador del teléfono de su hermana Cristina, diciéndole una vez más que había cambiado, que ya no bebía ni gastaba dinero en juegos, que la echaba de menos, que había cometido muchos errores y quería recompensarla, hacerla feliz. 
Menos mal que en algo estábamos de acuerdo esa mañana, un hombre como Juan nunca cambia, nos reímos de ese mensaje brindando con el único líquido presente, el café, pero al darse cuenta que quedaba poco se levantó a preparar más, mientras, en el exterior la lluvia subió su volumen y el viento abofeteaba con más fuerzas las plantas de Adela. 
Sentada de nuevo frente a mí empezó a regalarme una historia que desconocía, se trataba de ella y mi vecino Matías, un señor que vive en el mismo rellano y que hasta hace un par de años Andrés y yo veíamos poco, como mucho un par de veces al mes, su horario laboral no era muy normal, quizás por eso vivía solo. 
Supe por Andrés que tenía unos cincuenta y pocos y que tuvo un accidente hace unos años en la refinería en la que trabajaba y desde entonces viene dando paseos con su paga de enfermedad bajo el brazo. Muchas veces María y él coinciden en la portería o en algún comercio y comparten los rumores del resto del vecindario en el ascensor. Me he dado cuenta que he tenido más contacto con Matías desde que María está haciendo de asistenta en casa, que en todos los años que lleva viviendo en el piso contiguo; algunas tardes lo hemos invitado a jugar a las cartas y entre risas e infusiones nos ha contado algo de su vida, bueno, algunas cosas las sabía ya gracias a María. Ahora entiendo por qué sabía tanto de este señor.
Por lo visto en estos seis meses que lleva María conmigo le ha ido cogiendo un cierto apego y por lo poco que he notado en sus transparentes palabras creo que huele a romance. No quería contárselo a nadie pero hoy al salir del metro se ha encontrado con Matías y Juan al verla compartiendo sonrisas y destellos en los ojos con otro señor ha decidido saltarse la orden de alejamiento y convertirse en su detective, se ha acercado a ellos para consultar una dirección, ella nerviosa ha arrancado a Matías de esa situación con la excusa de tener que acercarse por la charcutería de Encarna, pero al llegar al portal Juan ya se había encargado de dejar un papel en mi buzón, sacó torpemente la nota de su bolsillo y me la entregó. "Esta soledad me está matando María, déjame, sólo déjame estar más cerca".

Le aconsejé a María que se tomase el día libre para denunciar todo esto a la policía, que si hacía falta yo misma la acompañaba en un taxi, y sobretodo que ponga en aviso a Matías de todo, incluyendo el dulce mensaje del buzón, que en cualquier momento este Juan puede acercarse a ambos para cometer una estupidez.
María recogió nerviosa la mesa diciendo repetidas veces: la soledad, la soledad.... la soledad de su mensaje no es más que un ¡o mía o de nadie!