domingo, 17 de junio de 2012

Desorden monocromático

Siempre intentando ordenar mi desorden, si busco en mi armario no encuentro a la primera lo que busco, ¡no tengo remedio, sigo siendo un desordenado! 



En la pandilla nos organizábamos por tres tipos, los desordenados y desastres, ahí yo era el líder; los que desordenaban a ratos y ordenaban después, de este grupo eran la mayoría restantes; y luego estaban los meticulosos, que en realidad sólo había uno, Pablo. Entrar en su habitación era como entrar a una tienda de esas en las que eres atendido y no te dejan mover ni un sólo trapo, sus jerseys estaban ordenados por colores, tonalidades y estaciones, nunca había nada fuera de sitio y si por alguna razón entrábamos Albert y yo en su habitación e intentábamos hacerle la broma de ponérselo todo patas arriba él no hacía ni decía nada, creo que con ello consiguió que no lo hiciésemos eso más de tres veces, es más, creo que soportaba cualquier cosa de nosotros porque le servíamos de modelo para sus experimentos fotográficos.
Un día nos dimos la vuelta y allí estaba, probando su nueva cámara y el objetivo: nosotros chafardeando uno cajón repleto de calcetines ordenadísimos ¡a saber dónde andarán esos negativos!
Pablo descubrió un hobby a muy temprana edad, la fotografía improvisada, sus continuos flashes a veces nos irritaban pero la mayoría de las veces no se lo teníamos en cuenta. Un chico bastante reservado, de pocos amigos, tímido, pies planos, con un grado de miopía bastante alto que le hacía llevar unas gafas horrendas, no era precisamente el chico con más éxito de la clase y mucho menos del barrio, pero era el chico con más juguetes y caprichos de todo el barrio, por no decir del colegio, muchos en comparación a los que teníamos los demás, y es que fue el primer chico del barrio en tener un equipo de alta fidelidad, un reproductor de video, un teclado Casio con radio, un skateboard de madera personalizada, una bicicleta con tres marchas, raquetas de tenis, balones de fútbol y baloncesto de los de verdad, mesa de pin-pon, hasta piscina de plástico de cuatro metros cuadrados que dejábamos medio vacía los tres muchas tardes de verano en el patio de su casa. Estar a su lado era tener todo lo que un chico de su edad deseaba, cuando quedábamos todos los de la pandilla en la plaza del barrio él siempre iba a la última en ropa y zapatillas. Las chicas se acercaban a él sólo para saber dónde había ido a comprar esto o aquello, él con la sinceridad y nobleza les aclaraba que era su madre quien se encargaba de ello, entonces empezaban las risas y era cuando su cara cambiaba, como cuando sin más le veías observando algo fijamente y le preguntábamos: ¿en qué piensas Pablo? -y él nos decía:- ¿Os habéis fijado en el color de la tarde? ¡si tuviese la cámara ahora mismo dejaría fotografiada esta belleza! En el colegio le pusieron el mote de: "el Machado", porque de vez en cuando nos salía con un verso que había leído y memorizado o te soltaba una filosofía de las suyas. 
Él sabía que en la pandilla no encajaba al cien por cien, todos éramos una calamidad. Había cosas que no le gustaban de unos u otros, pero insistía en relacionarse con todos, al menos lo intentaba, incluso pidió a sus padres que no le cambiasen de colegio, él quería ir al mismo que íbamos Albert y yo. Recuerdo que un día me dijo que le prestase una camiseta de las mías para ver si así no era el centro de atención siendo el pijito de turno, lo hizo un día, y resultó que fue peor el remedio que la enfermedad, por no decir la que le lió su madre al llegar a casa, no dejaba que saliese a la calle vestido de cualquier manera, Marisa, la madre de Pablo, a parte de regentar una tienda en el centro estaba obsesionada con la moda, creo que era ella quien le contagió lo del orden por los colores. 
Hubo un tiempo de rumores hacia ellos en el barrio, que si Pablo era adoptado, que si era hijo de otro padre, etc. Cosas de barrio, o de la envidia más bien. La verdad es que era una familia bien adinerada y podían permitirse cualquier cosa y nunca se les veía arrogantes. Yo que siempre le encontré a Pablo un cierto parecido a su padre, para nada notaba que fuese un niño mimado o consentido, cierto que todo lujo de la infancia estaba en sus manos pero nunca presumía de ello, todo lo contrario, ahí estábamos Albert y yo, disfrutando de sus cosas sin ningún tipo de fanfarroneo por su parte, nos prestaba sus cosas y nos decía: Tenedlas cuanto queráis, no tengo hermanos, así que con quién mejor que con vosotros para poderlas disfrutar y compartir. 
Siempre ha sido un tipo muy legal, fiel a sus principios, lo primero era lo primero, nunca salía a jugar si tenía deberes por hacer; y en época de exámenes no lo molestases con tonterías porque se ponía de muy mal humor, creo que tomarse tan en serio todo en la vida a veces no le ayudaba mucho luego en su vida social, pero ahí le tienes, consiguió la carrera de bellas artes, trabajó como ayudante de fotógrafo de bodas y eso le permitió otros caprichos, viajar y viajar, nos decía que viajar le permitía huir ¿huir de qué chaval? -le decía Albert- él me miraba cabizbajo y cambiaba de tema, sólo yo sabía de qué quería huir. La verdad es que tenía la sensibilidad a flor de piel y a mí eso me gustaba, intentaba que no se me notase delante del resto del grupo pero era cierto que Pablo tenía muchísima belleza interior por descubrir, cosa que yo mismo me encargué de averiguar más profundamente años después. 
Conoció a su pareja actual en una ruta turística por Praga y acabó yéndose a vivir a Berlín, allí vive de su pasión, la fotografía y el arte en general, a veces nos ha invitado para alguna de sus exposiciones pero a mí nunca me ha sido posible, económicamente sobretodo. Albert ya ha estado allí dos o tres veces, incluso se instaló un mes en su casa para conocer un poco la ciudad y soltarse con el inglés. Yo no he puesto mucho empeño en viajar allí porque él viene muy a menudo por Barcelona a visitar a sus padres y es cuando intentamos vernos, eso sí, sólo llama a Albert y a mí, nos juntamos siempre en el mismo restaurante en pleno centro de Barcelona, tapeamos acompañados de buen humor y algunas cervezas o buen vino, va como va, la cuestión es el reencuentro. Saber que esta amistad perdura a pesar de los pesares es todo un lujo y no todos los caprichos que habían en aquella habitación acondicionada al antojo de su madre y ordenada por colores.