jueves, 14 de junio de 2012

Desempolvando recuerdos



Llega el buen tiempo y toca hacer una limpieza más general a este apartamento, como cada año una limpieza más profunda, sacar lo mejor y lo peor de los rincones, extraer y remover recuerdos causados por pertenencias que ya ni nos pertenecen, limpiarle el polvo a las dudas, sacarle el brillo a las causas y motivos por las que se quedaron en eso, en recuerdos. Al final para volver a meterlo todo en cajas y encontrármelo de nuevo en la próxima limpieza y volverme a enojar por no haber eliminado tanto trasto dañino, de nuevo volveré a mirarlo todo con atención y le echaré la culpa a la música, a esas notas que se cuelan y localizan nuestras más recónditas células sensibles y nos traen el pasado como si lo estuviésemos viviendo ahora, como los sueños, como esos pensamientos, toda una serie de imágenes inexistentes y engañosas que casi puedes tocar.
Hacía tiempo que no sentía mis diecisiete años tan cerca, las manos de Iván han tenido la culpa, o mejor dicho, las notas de su piano. Iván es el hijo de un vecino que irrita al vecindario con su aprendizaje y ensayos, aunque he de decir que a mí nunca me molestó, quizás porque noto como prospera día a día, nadie nace enseñado y mucho menos para la música.
Estaba intentando ordenar los archivos de mi ordenador cuando esas notas te han traído aquí de nuevo, con tu aroma peculiar a flores, aunque por aquel entonces no hacías servir perfumes a mí me lo parecía, tu primer maquillaje que resaltaba más el color coca-cola de tus ojos y con el que tenías el poder de gustarme con y sin él… Desde que era muy niño ya te observaba en el colegio, pero por aquel entonces no imaginaba que iría creciendo mi observación y mis ganas de verte a cada instante, la suerte la tuvo aquel grupo creado en el barrio para asistir a aquel cine de verano que Félix y su hermano organizaban con toda ilusión recopilando películas de su negocio, el innovador y futurista negocio que era su video-club ¿te acuerdas? A veces en lugar de irnos al cine nos juntábamos en un portal cualquiera a charlar y comer pipas, Juan Luís traía un radio cassette a pilas y nos deleitaba con música, a veces cortada, que grababa de la radio; entre pipas, risas y cassettes compartíamos buenos momentos dignos de la adolescencia. Pero lo que más recuerdo al terminar aquellas quedadas era el fundido de la música y el encuentro de tus miradas con las mías, era como si por sorpresa hubieses descubierto lo que pensaba en mi interior, sentía vergüenza y a la vez satisfacción, pensaba: ¡ya se ha dado cuenta que me gusta y ahora qué hago! Día a día durante aquel verano sentía que si no me lanzaba a decirte algo iba a morir de amor ¡ya ves, como si supiésemos reconocer el dolor de la misma muerte!
La primera vez que logré animarme a hacer algo fue aquel caluroso viernes en el que la mayoría de nuestros amigos habían salido de viaje a algún pueblo con sus padres, nosotros éramos los únicos que hicimos lo contrario, disfrutar de lo que teníamos, que no era poco, para mí fue el mejor verano de mi vida, aquel día pude conseguir que vinieses a mi casa con la excusa de tomar juntos un helado, nos quedamos solos a media tarde viendo video clips ante el televisor, fue entonces cuando decidimos intercambiarnos unas pulseras de cuero que por aquel entonces eran la última moda, la mía tenía mucho valor porque me la hizo mi hermano mayor durante el servicio militar a base de balas, pero era tanta la emoción que sentías por aquella pulsera que le grabé con un punzón extraído de una caja de herramientas oxidada de mi padre un "te quiero". Quería y necesitaba regalarte mi primer mensaje a falta de valor para decírtelo con mi voz, tú que algo sospechabas viste las palabras nada más hacer el gesto de quitármela de mi muñeca. Recuerdo que nos miramos casi sin parpadear, o al menos eso sentí yo por el escozor  de mis ojos, la tarde, el reloj, todo parecía pararse en ese instante, décimas de segundo que te indican que el pulsador rojo parpadea y hay que hacer algo, por fin tuve la valentía de robarte un tímido beso y de fondo sonaba una canción de Starship. Yo no sabía inglés y poco me importaba porque el momento del beso y esa canción me llevó a esculpir en mi corazón tu nombre para el resto de mis días, recuerdo que te dije: ¡esta canción me gusta! y tú que ya hacías tus primeros pinitos con el inglés me dijiste: ¿Sabes qué dice el estribillo? ¡nada nos va a detener ahora! Y desde ese día se detuvo mi tiempo, mis horas, mi vida; mi amor por ti se quedó para siempre en mí como una segunda epidermis, qué curioso, han pasado los años y sigo sintiendo lo mismo al escuchar esa canción. ¿Quién le habrá mandado a Iván remover esa melodía?