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domingo, 1 de julio de 2012

¿Y por qué no?

Se acercaban ya las doce del mediodía y las chicharras empezaban su cantar, –¡Toñi no quiero ni imaginarme cómo estarán las temperaturas tres horas más tarde! –¡Pues eso se arregla tomando algo fresquito! –¡Sí porque sino me niego a dar un paso más! Pero en una población ajena a la tuya siempre se siente una un poco perdida, en nuestro caso sólo intentábamos localizar un letrero rojo de bebida refrescante y el nombre del local debajo de la publicidad. La suerte fue encontrar un par de señoras que volvían de su compra diaria, interrumpimos su conversación para ver si nos podían indicar dónde podríamos deleitarnos de algo refrescante, rápidamente nos señalaron un bar al otro lado de una plaza pequeña y en la que ni las palomas se acercaban a abordar cualquier resto de migajas que las personas dejan tras una parada antes que el sol abrase los baldosines de la misma. Habíamos pasado dos veces por allí y no habíamos conseguido divisar el local ni letrero alguno, imposible que pudiéramos verlo, habían seis enormes moreras que con su volumen se encargaban de ocultarnos ese paraíso para un sediento y cansado turista como nosotras.
Aceleramos el paso al darnos cuenta que bajo la sombra de esas árboles habían mesas y vigilando las mismas un apuesto camarero con cuerpo y pose de portero de discoteca, que al ver nuestras caras comenzó a moverse, imagino que leyendo nuestro pensamiento, abordar la única mesa que quedaba libre y nosotras regalándole una sonrisa de ¡chica busca chico! Nada más sentarnos se