jueves, 24 de enero de 2013

La distancia

Llevaba días queriendo pasar por la ferretería y hacer esas pequeñas compras que se aplazan por falta de tiempo o aparcamiento, pero teniendo la tarde libre no puse excusas. Necesitaba una goma nueva para la cafetera, unas arandelas para unos tubos del lavadero y hacer la copia de una llave para el cuarto trastero y para rematar la tarde, me pasaría a recoger unos papeles por la gestoría.
La casa de mi tía Cándida quedaba cerca de mi trayecto así que decidí hacerle una visita. La encontré sola, rodeada de unas cajas de lata donde antes de tener fotos antiguas estuvieron llenas de infusiones o galletas. Al ver que tenía una tetera hirviendo en la cocina le propuse compartir con ella un té acompañado de algunas vivencias en imágenes, se levantó contenta y con agilidad dejando unas pilas de fotos encima de la mesa, la de veces que repasará esas fotos.
Siempre ha sido muy aficionada a la fotografía, no recuerdo haberla visto muchas veces sin una cámara en la mano, decía que el fotógrafo aficionado siempre debe estar preparado porque nunca sabe cuando le otorgará el momento una buena instantánea, lo mismo le hacía fotos a un paraje que a personas, a un gato que a una nube, para ella todo está en un punto de mira idóneo para ser plasmado. Aunque con los móviles actuales no creo que hubiese disfrutado, ella prefiere la robustez de una cámara y a ser posible réflex.
Se sentó a mi lado haciéndole hueco entre tanta fotografía a una bandeja que portaba dos tazas de té y un platito con galletas de canela hechas por ella, la repostería es otro de sus hobbys. La sala se ambientaba con música de Roberto Carlos, creo que de pequeño me aprendí algunas de sus canciones de tanto como se escuchaban en casa de mis abuelos.
Como teníamos ante nuestros ojos un buen tema empezamos a hablar de los revelados y las cámaras de antes, para mi tía tanto las cámaras como el sistema de revelado ha cambiado mucho, a mejor según se mire y según quien opine. La afición a la fotografía la heredó de mi abuelo, él mismo la indujo a esta afición enseñándole técnicas de revelado y pequeños trucos con la cámara que luego ella misma fue perfeccionando. Cuando mi abuelo falleció ya empezaba mi tía a hacer fotografía digital, tecnología que no aprobaban mucho porque no aceptaban ponerse delante de un ordenador a visualizar sus fotos, decía que perdían su encanto, y en parte tenían razón.
Mi tía conserva todos los utensilios de fotografía de mi abuelo en un cofre de madera que hace servir de mueble y sobre él expone algunas cámaras y fotos, dice que así cuando viene gente a visitarla tiene un motivo de conversación. La de veces que me quedo embobado observando aquella Kodak Brownie tan aparatosa pensando en los buenos momentos que pasaría mi abuelo, o qué decir de aquella foto hecha con una Polaroid que sacaba las fotos al instante y sus flashes te dejaban medio ciego, o la primera Minolta que tuvo mi tía entre sus manos; sobre ese cofre se exponen algunas vivencias de nuestra familia.



Hay gente que no entiende esa afición por sacar fotos antiguas y pasarse horas y horas removiendo recuerdos y menos aún que no las tenga archivadas en álbumes, ella en cambio piensa que si las clasificase no tendría la misma magia, tocarlas y darle al pause de la memoria con ellas en la mano no se puede comparar con abrir un álbum donde el blanco y negro de las figuras se convierte en manchas grisáceas. A mí me encanta encontrarla enredada entre ellas porque siempre tiene historias que contarme, aunque algunas me suenen de haberlas oído otras veces.
Me dijo que hacía un tiempo que quería ofrecerme algunas fotos para que yo mismo las conservase, estaba ansiosa buscando una en especial, yo iba revisando otros montones, entreteniéndome en algunas más que en otras. Cuando localizó la foto que buscaba me miró y me dijo que si tuviese la cámara a mano me haría una foto para conservar el gesto que iba a poner, se levantó ofreciéndome otro té tocándome el hombro a modo de ¡sabía que te sorprendería! Le respondí al gesto con un acepto esa dosis de teína extra, necesitaba una doble ración de entereza ante la imagen que puso en mis manos.
A pesar de ser una foto en blanco y negro conservo en mi memoria todos sus colores y emociones, con ella en la mano se activó una alarma en mi corazón recordando el mes, el día y la hora de ese momento, me pregunto cómo y dónde estaría mi tía para plasmar lo que yo viví detrás de su objetivo, supongo que estaría asomada a la ventana o muy cerca de mí, yo de aquel día recuerdo que estaba jugando en solitario con un balón de fútbol que enviaba una y otra vez hacia una pared a modo de portería, y que por mi despiste ante aquel instante, empezó a rodar calle abajo.
No sé cuántos minutos me quedé en blanco con aquella foto en la mano, sólo que mi tía apareció con otra taza de té y me dijo algo así como —la fotografía es así de inoportuna, si estás atento a su juego puedes captar momentos tan especiales como ese—.
Y Roberto Carlos seguía sonando de fondo, —qué oportunas son a veces las canciones, otro día te contaré lo que hay detrás de esta imagen— le dije. Ella asintió contenta diciendo —tendré una tetera hirviendo y todas las horas que quieras para escucharte—.
Me levanté, la abracé y ella me agradeció el gesto y la hora y media que estuvimos juntos, volví a casa pensando en la letra de aquella canción que martilleaba mi cabeza “cuántas veces yo pensé volver y decirte que mi amor nada cambió, pero mi silencio fue mayor y en la distancia muero, día a día sin saberlo tú”.
Ahora tenía en mi mano una imagen que corroboraba que fue real, que en ese instante se inició algo en mi interior que aún perdura. 

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