Llega el buen tiempo y toca hacer una limpieza más general a este apartamento, como cada año una limpieza más profunda, sacar lo mejor y lo peor de los rincones, extraer y remover recuerdos causados por pertenencias que ya ni nos pertenecen, limpiarle el polvo a las dudas, sacarle el brillo a las causas y motivos por las que se quedaron en eso, en recuerdos. Al final para volver a meterlo todo en cajas y encontrármelo de nuevo en la próxima limpieza y volverme a enojar por no haber eliminado tanto trasto dañino, de nuevo volveré a mirarlo todo con atención y le echaré la culpa a la música, a esas notas que se cuelan y localizan nuestras más recónditas células sensibles y nos traen el pasado como si lo estuviésemos viviendo ahora, como los sueños, como esos pensamientos, toda una serie de imágenes inexistentes y engañosas que casi puedes tocar.
Hacía tiempo que no sentía mis diecisiete años tan cerca, las manos de Iván han tenido la culpa, o mejor dicho, las notas de su piano. Iván es el hijo de un vecino que irrita al vecindario con su aprendizaje y ensayos, aunque he de decir que a mí nunca me molestó, quizás porque noto como prospera día a día, nadie nace enseñado y mucho menos para la música.
