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sábado, 22 de julio de 2017

En cualquier forma de vida

Como cada lunes recojo a María para desayunar juntas en la cafetería Kiko de L'Eixample. María es una mujer muy metódica, lo atribuye a sus más de 50 años como bailarina y a la disciplina militar inculcada en su familia. 
Fiel a sus costumbres y manías me suelta del brazo abriendo la puerta de la cafetería  con un pañuelo en la mano, entrando con el pie derecho, saludando al personal uno a uno, observando si hay gente nueva y buscando el periódico del día mientras pide con un gesto lo de siempre. Pongo sobre la mesa el único periódico libre que hay sobre la barra, María se sienta observando la fecha.
—Marta, éste diario es del sábado.
—Lo sé, tendremos que conformarnos con criticar la prensa caducada, el de hoy lo está leyendo aquel señor sentado en la barra.
Sonriendo empieza el pase de páginas por la parte de atrás, donde la prensa suele dejar el apartado de cultura. Aparece Edu sonriendo como siempre.
—¡Obsequio de la casa, bizcocho de nueces endulzado con stevia, para ir abriendo boca, rico, rico!
Mientras Edu me desglosa los ingredientes del bizcocho veo que a María le ha cambiado la cara por completo, sus ojos saturados de asombro se desplazan por las líneas, luego me cede el pliego para que lea la noticia.
“El pasado viernes Sasha Kovalev falleció a sus setenta y dos años. Estaba de espectador en el Teatro Bolshói disfrutando de la actuación de su nieto Kolya —el único que quiso seguir los pasos del abuelo— cuando un ataque al corazón lo dejó inmóvil en aquella butaca de terciopelo rojo...”
Recuerdo ese nombre, muchas tardes María sacude su nostalgia extrayendo de aquella antigua cajonera álbumes de fotos, recortes de prensa, cartas, postales mientras describe algunos romances tras los telones, aplausos y alguna que otra batallita del mundo del ballet. Guarda sus mejores recuerdos de los años que pasó en aquella academia en Londres junto a Sasha, nunca llegó a entender su repentino distanciamiento, a su mejor amigo se lo había tragado la tierra. 
Observo que el estado de María cambia por segundos, sus manos temblorosas terminan esparciendo el café sobre su chaqueta blanca, histérica se levanta culpando al señor de la barra por deleitarse leyendo el periódico del día, a Edu por guardar periódicos caducados, a mí por no ayudarla a buscar la pastilla rosa para casos de emergencia. Irritada coge el diario haciéndome un gesto de fuga. Dejo a Edu la cuenta pagada.
Nos marchamos por primera vez de aquella cafetería a medio desayunar, sin leer la prensa del día, sin poner verdes a políticos, críticos y editoriales. Ya en la calle, algo más tranquila me pide que vayamos directamente a casa, prescindiría del paseo por La Ciutadela agarrada de mi brazo, necesitaba sentarse tranquilamente a releer de nuevo ese artículo, creer creérselo. Al llegar, el portero nos dice que había llegado un paquete para María con un remitente un tanto extraño, lo cojo y María en seguida reconoce la letra de Sasha Kovalev, no podíamos creerlo. Subimos a casa, invito a María a sentarse en su sofá mientras preparo café, me pide que me quede a su lado y le ayude a abrir el paquete. Era una caja del mismo color que la noticia del periódico, dentro, un sobre de un notario ruso y unas zapatillas de Ballet con el nombre de María Sastre del Valle escrito en la suela. Cara y manos de María eran una coreografía de emociones, abrimos el sobre encontrando una carta en ruso escrita de puño y letra por Sasha y tras ella una traducción al castellano por la notaría.
“Querida María.
Si estás leyendo estas palabras es que me ha sorprendido la muerte. Redacto esta carta y me estoy imaginando tu cara al ver tus zapatillas, aquellas que hice desaparecer momentos antes de aquella prueba para el Cascanueces, éramos muy jóvenes, todos queríamos vivir ese sueño, pisar el Hermitage a lo grande. Necesitábamos subir peldaños a cualquier coste, Irina quería ese papel y accedí a sus chantajes como lo hizo George con vuestro noviazgo, declarando a la prensa amarilla su verdadera identidad sexual. No sé si llegaste a saber que aquellos poemas en su nombre fueron escritos por mí, sí, siempre estuve enamorado de ti. Es de ser muy cobarde declarar todo esto en una carta que lleva como remitente mi muerte. Tengo que reconocer que el remordimiento siempre me ha acompañado tanto o más que tus zapatillas. Me prometí a mí mismo localizarte, llamarte y devolvértelas en persona pero ya ves, he consumido todas las oportunidades, al final la muerte se encargará de hacerlo. Sé que me tenías un gran aprecio y que me perdonarás. Te quise y te querré siempre en cualquier forma de vida. 
Sasha”.


Relato en el que participé para el reto del mes de junio de Planetalletra.org.
Requería: relato corto de no más de 800 palabras, basado en una abuela que en su juventud había sido bailarina y en algún momento del relato sufre un ataque de nervios.

http://www.planetalletra.org/2017/06/en-cualquier-forma-de-vida.html


domingo, 22 de noviembre de 2015

Insomnio crónico

Hay tantos días como hoy, tantos en los que me invade la compañía de tu ausencia, tantos evocando el aroma de aquella tarde buscando tu mano, el brillo de tus ojos esperando un ruego, el recuerdo de esa sutil sonrisa en tus labios, esos que nunca rocé ni besé.
Tantos días en los que puedo escuchar tus pasos sobre mi almohada golpeando mis sueños, tantos descifrando tus silencios cuando estábamos tan cerca, días en los que se amontonan palabras regaladas sin recibir otras a cambio, quizás ni las leíste, quizás no lo afronté.
Tantos días en los que escribirle a un cuaderno mudo me va salvando de esta inoportuna nostalgia, de este desvelo acostumbrado a la oscuridad de mi cuarto, donde certifico que no es beneficioso amarte mientras no quiera dejarlo de hacer.
Tantos días dándome cuenta que no llegué a la cita ni a la meta, que te aguardé en el andén equivocado cuestionándome si me buscabas o te encontré, si me tocaste o me lo inventé.
Tantos días tatuando tu nombre en mis pupitres y libros, tantos días subiendo y bajando, confiando y dudando, hay tantos días como hoy, tantos pensando en pensarte por última vez.

lunes, 19 de agosto de 2013

Sobraban motivos

Fue una tarde de agosto,
de frescura fundida,
cielo color papaya
tras apagarse el sol.

Adolescencia agitada,
miradas borrachas
de un primer amor,
de un te quiero mudo,
de un lleno de dos.

Nos faltó abrir la puerta
a besos nuevos,
sacudir nuestros miedos,
caminar de la mano,
traducir el silencio
y fumarnos el tiempo.

Nos faltaron promesas
sin mirar el reloj,
desnudar los abrazos
derrocharnos por dentro,
dibujarnos caricias
olvidando el afecto.

Se agotó la tarde,
el cielo acicalado de noche,
testigo sigiloso de
latidos y silencios,
de oportunidades dormidas
para contar estrellas,
conversar con la luna
por un cuándo, un por qué,
sí sobró un yo me quedo
o faltó un quédate.

lunes, 29 de octubre de 2012

Dejándose llevar

El hilo de esta historia podría empezar aquí

M- Hola Carmen, por fin te veo por la red.
C- Hola Maica. Llevo dos días intentando tener un momento libre para conectarme pero me ha sido imposible, y no será porque no he intentado hacerle huecos al reloj.
M- Tranquila, ya me imaginé que estarías liada, yo tampoco he ido demasiado libre que digamos, hemos tenido un compañero de baja esta semana y hemos tenido que hacer entre todos su trabajo, con lo que me ha llevado hacer algunas horas de más esta semana.
C- Ayer mientras estaba esperando a Santi salir de sus clases de taekwondo pensé en la torpeza de no haberte pedido aún tu número de teléfono, al menos me habría distraído un poquito escuchándote durante la espera.
M- ¿Desde cuándo no miras el correo? yo te envié mi teléfono hace un par de días por email.
C- No te he dicho que he ido fatal de tiempo, no he encendido el ordenador desde hace días, luego lo miro. Espero que estés preparada para seguir contándome tu historia de Cádiz.
M- Pues claro, lo dejamos en...
C- En el contacto nena, el contacto.
M- Bueno, me refería a contacto, o sea, al hecho de...
C- Que no te enrolles y le des al teclado, que no quiero escusas de ningún tipo hoy.
M- Pues al llevarme del brazo mi cuñado hacia la pista de baile y dejar atrás a Daniel en la barra me encontré con Santi, el cual me agarró dando giros sin sentido para bailar, intenté no perder de vista la silueta de Daniel en la barra pero mientras me movía entre tanta gente de las manos de Santi vi como Daniel se acercaba a su mesa y acaparaba un vaso de la mano de César, se tragó de un sorbo todo el contenido mientras miraba donde estábamos Santi y yo. Empecé a pensar que con lo poco que le gustaba bailar no se atrevería a acercarse y salvarme de aquel momento tan angustioso, de verdad Carmen, me encontraba fatal, no sé si fue el cava o los giros.
C- O la mezcla de varias bebidas durante la noche guapa, bueno, eso y los nervios hicieron un cocktel en tu estómago fijo.
M- Segurísimo, pero bueno, entre giro y giro apareció Daniel y creo que se me quitó de un plumazo el mal estado, eso o es que su presencia me hizo olvidar el malestar. Apareció con un gesto tímido de los suyos, me cogió delicadamente la mano para relevar a Santi, ¡no me lo podía creer! Encima con la canción que había de fondo, ni más ni menos que la de “cobarde” de Bustamante, tenía ganas de reir por dentro, pensando en las casualidades de la letra para un ser como él, pero al sentir su mano agarrando la mía todo mi cuerpo sintió un escalofrío que aún sigue recorriendo mi ser. Le noté torpe en su ritmo y no entendía por qué no salíamos de aquella pista que lo único que hacía era disfrazar nuestros deseos. Y creo que estuvo a punto pero la canción que vino después le detuvo el intento. Menuda canción Carmen.
C- No sería una lambada jajaja...
M- No, no. Te acuerdas en la disco cuando ponían los lentos y salía la canción de “one more try”, la de veces que busqué la mirada de Daniel para ver si se atrevía a acercarse para bailarla juntos.