domingo, 9 de marzo de 2014

Creciéndose

De nuevo está ahí, creciéndose a los ojos de quien la observa, mostrando la copia exacta de sus valles, la luz ceniza entre sus montañas, de nuevo en silencio converso con ella, la someto a preguntas como lunático que soy. Me paso los meses imitándola, repitiendo mis fases melancólicas hablándole de ti y ella celosa de mis propósitos se oculta tras una nube para evitar juzgarme. Ahí está fiel a sus citas, compañera eterna de esta bola azul, misteriosa y bella, con su singular ciclo naciendo y envejeciendo cada veintiocho días, girando sobre sí enmascarando su edad.
De mí no puedo decir lo mismo, día tras día, mes a mes, año tras año veo mi rostro deteriorarse, todo merma en mí, empiezo a quedarme estancado, a sentirme añejo como este amor longevo superviviente entre tantos renglones.
Dónde quedan las ganas de hacer partidos con mis amigos, mi afán de superarme ante cualquier proyecto, mi apetito en general, todo en mí va perdiendo fuerza y sentido, todo menos este pensarte en cualquier parte, en verte en cualquier color, en sentirte entre tanta gente, en recordarte en cualquier canción.
Aquí estás, desordenando cada verbo de estas líneas estampadas de torturas mentales que no son más que réplicas de una reiterada emoción.
Ahí sigues, creciéndome por dentro, desorientándome el pulso, capitaneando mis noches como esta luna que me observa atenta para luego evitarme tras su velo blanco mientras le guiña el ojo a alguna constelación.


martes, 22 de octubre de 2013

Puntos suspensivos

Ella se excusó en ansiolíticos, él en su afán de verla feliz...
Ella pensó que el tiempo... él en robarle sus pastillas.
Ella que si falta de espacio... él haciendo hueco a sus evasivas.
Ella huyó con sonrisa hipnótica... y él se acabó de hundir...

El reloj siguió su ciclo...

Ella se expatrió a sí misma...
Y él...

Se le ve renovado, receptivo al cambio, abandonado a sus ganas de vivir, atendiéndose a sí mismo sin la farsa de su amada.
Vengándose de aquel hechizo siendo lo que quiso ser, escuchando a sus entrañas y tirando la llave de aquella puerta cerrada.
Iluso pensó que dándole tiempo y cediéndole espacio ella regresaría, pero no contó con que el tiempo se caduca en el baúl de las oportunidades y el espacio lo reemplaza el amor propio, que por ser propio siempre lleva ventaja.
Por fin perdió ese silencio gris y aquella escarcha en la cara, consumido por la debilidad de aquellos ojos que encarcelaron su vida y sus esperanzas.

Ella creyó en otro intento... él esquivó repetir...
Ella retomó su desprecio... y él se alegró de vivir.

domingo, 25 de agosto de 2013

Oferta y demanda


En el mercado de los sueños
he puesto de oferta mi cordura,
liquido sentimientos
y malvendo la locura,
a ver si los errores cicatrizan,
la impaciencia busca calma,
la vergüenza y la prudencia
a la osadía se declaran.

Date prisa que se acaba
llevo barato el corazón,
hoy, un tres por dos en abrazos,
mañana, envaso al vacío la emoción,
se puede pagar con besos,
o un cheque del querer,
un vale si es por afecto,
para halagos con un pagaré.

En el mercado de los sueños
me apetece estar despierta,
por si las palabras que me grito
huyen y luego entran,
dejaré un camastro en el suelo
por si decides volver,
y el deseo y la ternura
quieren cita de ocho a diez.

lunes, 19 de agosto de 2013

Sobraban motivos

Fue una tarde de agosto,
de frescura fundida,
cielo color papaya
tras apagarse el sol.

Adolescencia agitada,
miradas borrachas
de un primer amor,
de un te quiero mudo,
de un lleno de dos.

Nos faltó abrir la puerta
a besos nuevos,
sacudir nuestros miedos,
caminar de la mano,
traducir el silencio
y fumarnos el tiempo.

Nos faltaron promesas
sin mirar el reloj,
desnudar los abrazos
derrocharnos por dentro,
dibujarnos caricias
olvidando el afecto.

Se agotó la tarde,
el cielo acicalado de noche,
testigo sigiloso de
latidos y silencios,
de oportunidades dormidas
para contar estrellas,
conversar con la luna
por un cuándo, un por qué,
sí sobró un yo me quedo
o faltó un quédate.

domingo, 21 de julio de 2013

Gran cilindrada

14 de Marzo de 2002

Ocho días inquieto por ir a recoger la moto de mis sueños y hoy que se ha hecho realidad, de nuevo he tenido la sensación que me faltaba algo. 
Cuando el vendedor me ha entregado las llaves y me ha dicho ¡toda tuya! he recordado aquella mañana de San Juan, cuando mi padre en contra de la voluntad de mi madre, aparecía con una motocicleta de segunda mano y me ofrecía hacer las primeras prácticas con él en aquel descampado que había delante de casa; toda una recompensa por haber traído buenas notas. Recuerdo que la ilusión hizo que dejase plantados a mis amigos, como la de olvidar la idea de rematar aquel paquete de petardos sobrantes en la verbena de la noche anterior.
Desde muy temprana edad siempre he ido en bicicleta a todos lados, pero después de hacer todas las locuras posibles con ella el cuerpo me pedía estrenar mi adolescencia y transportar mi adrenalina en algo con motor y algunas cilindradas, raro era el día que no martilleaba a mis padres durante las comidas con tener mi primera moto, aunque a la edad de quince años qué adolescente no lo hacía.
Aquella mañana me sentí experto en seguida, recuerdo que a las seis o siete vueltas dirigido por mi padre escapé de allí para lucir mi nueva adquisición por todo el barrio. Al llegar a la altura de tu portal me paré al verte, no hizo falta más que un gesto para que aceptaras montarte en aquel reducido asiento a escondidas de tu madre. Lo que daría por pasar a buscarte ahora como aquella mañana de San Juan y notar de nuevo tus brazos apretando mi tórax y tus senos rozando mi espalda en cada aceleración, te aseguro que en esta moto no hay barras de portabultos que puedan hacerle daño a tu trasero, que fue de lo primero que te quejaste cuando montaste en ella. 
Si supieras que en cada moto que he adquirido a lo largo de mi vida siempre ha habido esa parte del asiento reservada para ti, que viajo con la idea de perseguir líneas discontinuas sintiéndote compañera de viaje y algo más.
Hoy, poniendo a prueba la gran cilindrada de esta nueva moto he sentido que mi pasión por las dos ruedas sigue bombeando mi corazón como en aquella mañana de San Juan, hoy, siendo un miércoles tan especial y extraño a la vez sé que he cumplido un sueño, aunque es evidente que sigue estando a medias si no lo comparto contigo.

sábado, 22 de junio de 2013

Diez deseos

Andrea fue la primera después de dos abortos naturales, le costó nacer y ahora, hasta va sobreviviendo. Empezó a caminar más tarde de lo habitual, sus padres detectaron algo anormal por sus continuas caídas, una distrofia muscular que se adelantó al diagnóstico médico y la dejaba definitivamente sentada en una silla de ruedas unas semanas antes de su décimo cumpleaños.
Sus padres quisieron que fuese un cumpleaños especial, le prepararon una gran fiesta, invitando a gente que ni ella misma conocía, contratando animadores que aportaban juegos de magia, monólogos para todos los públicos, baile y un sin fin de actividades para distraer y aportar algo de felicidad a su pequeña.
Amigos y familiares se le acercaban con regalos mientras ella se veía como en medio de una tela de araña, atrapada en aquella silla preguntándose si sus padres se habrían sometido a ese gasto si su enfermedad no la hubiese dejado inmóvil, sabía que lo hacían para motivarla pero ella odiaba someterse a semejante espectáculo emocional. Quería huir de aquel tumulto de gente, pero hasta para huir necesitaba ayuda, sus brazos ya habían empezado a perder fuerza y aquella silla, sin alguien que la empujase no la llevaría muy lejos. 
De repente se hizo el silencio quedándose todo a oscuras, a lo lejos un par de empleados del catering acercaban a Andrea un pastel enorme con varias bengalas y 10 velas encendidas, en una pared podía verse proyectada una frase: “Todo lo que quieras con tal de verte feliz”.
Las velas de aquel pastel iluminaban su cara que reflejaba una niñez estancada y hastía, Andrea rompió aquel silencio pidiendo en voz alta un deseo por cada una de las velas:
Quiero poder caminar sin esta silla.
Quiero fuerzas en mis brazos para ayudar a mi madre en la compra, organizar la casa y ayudarla a tender la ropa para que ella descanse.
Quiero fuerzas en mis piernas para acompañar a mi padre a pasear el perro, a lavar el coche y a sus entrenamientos de baloncesto.
Quiero poder abrazar a mi hermano sin miedo a que se me caiga y prepararle las palomitas de los domingos.
Quiero pasear por el parque de la mano de mis abuelos.
Quiero poder hacer la clase de educación física como todos mis compañeros, cansarme de saltar y correr por las calles.
Quiero ser bailarina.
Quiero aprender a nadar y a montar en bicicleta.
Quiero no tener ganas de morirme cada vez que me veo atrapada en esta silla.
Y por último, quiero que se cumplan todos los deseos anteriores.

sábado, 8 de junio de 2013

Destino aparente

18 de mayo de 1999

Un día más dejando constancia del paso de mis días en otro nuevo cuaderno, quién me iba a decir que gracias a mis clases de inglés, o mejor dicho, al abandono de las mismas, iba a empezar a aprovechar aquel cuaderno de apuntes a modo de diario, ya he perdido la cuenta de los que he venido estrenando todos estos años. 
Hubo un tiempo que le dedicaba horas a la compra de cada uno, la portada no me importaba, sólo necesitaba que fuese rígida, lo más importante era el tacto del papel, si al abrirlo no me resulta agradable buscaba otro, luego elegir una buena estilográfica, y digo buena porque cuando me da por escribir no quiero que me falle. 
Un día dando un paseo por esta ciudad tan vacía de ti y tan llena de turistas vi un grupo de chicos sentados en la terraza del Café La Plaçeta dibujando como si estuviesen sometidos a un duelo, me acerqué a ellos, ilustraban con pluma y restos de café a transeúntes de la zona con una destreza envidiable, me quedé un buen rato observando su trabajo y el material con el que creaban tanta belleza. Me acerqué a ellos para saber qué clase de cuaderno aguantaba la humedad de sus pinceladas, acto seguido me fui a una librería para adquirir un Moleskine, ya iba siendo hora de mimar un poco mis escritos, cederles un aposento a mis verbos entintados de angustia, resguardar mis contadas alegrías y mis innumerables penas en cuadernos más dignos.
No sé porque me ha venido a la mente "para cuando lo lean mis hijos". ¡Qué ingenuidad la mía! Creo que a estas alturas de mi vida ya no va a suceder, a no ser que ponga un anuncio en el periódico diciendo "hombre separado con destino aparente pretende tener hijos para dejarles una herencia de cuadernos encharcados de desamor".
Quiero que sepas que tener hijos no es algo que me haya quitado el sueño porque de eso ya te encargaste tú, prueba de ello está en este cuaderno y los que le preceden, todos están dedicados a ti, hablan contigo como si estuviese mirándote a los ojos, observando el carmín de tus labios, los gestos de tus manos.
Cada día me pregunto qué será de tu vida, que será de la mía si me sigo refugiando en esta rutina, cada día te escribo una carta que no te llegará porque está cosida a unos cuadernos que guardo como tesoro, cada día al escribirte me imagino tu cara de sorpresa al saberte protagonista de todas estas hojas, tantas como días que llevo siéndole fiel a este amor que se hizo dueño de mi tiempo, de numerosas estilográficas e incontables cuadernos. 
Mañana será otro día, con su amanecer distinto, con el sol brillando sin vergüenza o escondido tras las nubes, mañana será otro día con noticias distintas, me cruzaré con personas distintas, pero yo seguiré con mi destino aparente.

domingo, 26 de mayo de 2013

A las cinco de la tarde


Era extraño estar ante aquel portón de la iglesia viendo salir a hombros el ataúd con el patriarca de Los Molleteros cuando aún quedaban restos de arroz del último acontecimiento al que asistió. La muerte le pilló por sorpresa mientras se celebraba la boda de su hija Angelita y su marido Rafael en La Venta Mayo, su hijo Antonio lo encontró sentado bajo el limonero que hay en el patio con una sonrisa en la boca, un sombrero en una mano y en la otra aquel bastón con empuñadura de marfil que le trajo un fiel amigo de Nueva Guinea.
El tronco de aquel limonero aguantó aquel cuerpo aún templado con la misma pose que solía tener Julián cuando se sentaba en el umbral de su casa rodeado de jaulas con canarios y aquel viejo transistor emitiendo flamenco, toros y partidos de fútbol.
Su afición por los toros la dejó descrita en contadas ocasiones a todo el que le diera un poco de conversación, todos recordaremos cuando narraba sus escapadas nocturnas con otros valientes a la finca de El Chaparro para torear desnudos algunos astados bajo la luz de la luna. Creció y vivió entre panes y pasteles mientras soñaba con cambiar la harina por el traje de luces, banderillas, capote y salir a hombros de La Maestranza, Las Ventas o La Monumental escuchando entre la multitud el apodo familiar con algún triunfo en la mano.
Pero El Molletero tuvo que conformarse con la salida a hombros de la iglesia y el vitoreo entre sollozos en el momento de su entierro, mientras el campanario anunciaba las cinco de la tarde.