sábado, 17 de enero de 2015

Este enero tampoco quiero

Hoy paseaba mis silencios por el parque y me he encontrado con Javier y Sandra ataviados con lo último en ropa deportiva siendo fieles a sus propuestas típicas de este mes de enero, no he querido entorpecer su ritmo más que para desearles lo mejor en este nuevo año recién estrenado. Viéndolos tan compenetrados me he acordado de aquellos rumores en la pandilla, por aquel entonces ninguno de nosotros habría apostado por aquella relación más de cinco años, pero ahí están, compartiendo juntos hasta el derribo del colesterol acumulado en Navidad. 
De vuelta a mi absorto paseo he pensado en la cantidad de gente que me adelantaba corriendo o montada en bicicleta, la verdad es que rodeado de tanto movimiento hoy puedo declararme un fósil.
Sólo he aligerado el paso por el impulso de llegar a casa con más ganas de agotar alguna tinta en mi cuaderno, y es que para mí todos los eneros son iguales, no hay manera de comenzar uno nuevo proponiéndome retomar inglés, subir los tres pisos sin usar el ascensor, cambiar de dieta, no encender más luces de la cuenta, exhalar mi tristeza por la ventana, abrir más los ojos, mencionar más "te quiero", sonreírle al mundo, regalar abrazos en temporada baja, desterrar algunos miedos, no poner tu nombre en mis canciones favoritas, pensarte menos y olvidarte más; no, este enero tampoco quiero.

sábado, 12 de abril de 2014

Robando puntos cardinales

De norte a sur y de este a oeste he ido dejando reflexiones, pactos, bosquejos y cosas por fotografiar. Le he robado a Huelva algo de su sierra entre el azafranado río Tinto, atardeceres en playas extensas y esa gracia con olor a sal.
A Cádiz un poco de su chispa, algo de sus marismas, y esa Doñana mimada entre dunas de pinares, retamas y lavanda. A Sevilla una pizca de su cielo extenso, olor a jara y azahar, un poquito de incienso y ensayos cofrades de Semana Santa.
Agradecida a ese Trujillo victorioso por haberse dejado conquistar, y que no se ponga celoso por desgastar las dehesas y robarle a Cáceres su románica belleza.
Al resto de lugares que por falta de horas han quedado en la agenda o pasé por casualidad. he dejado una fortuna en miradas, una cuantía de suspiros y un "aquí hay que regresar".

domingo, 6 de abril de 2014

Necesito un pueblo

Cada vez que te escucho decir —¡nos vamos cuatro días al pueblo!— pienso que se me escapa otra oportunidad, y mientras pienso en como retenerla ya te has ido.
Si pudiese fabricar la valentía no me habría tirado cuatro días preparando una carta para pedirte que no te fueras o incluso para decirte que aunque te vayas seguiré esperándote, de nuevo en mis manos una carta que no tocará las tuyas, una carta que describirá mis miradas mudas y mis silencios sordos, una carta con palabras ciegas que se han acostumbrado a quedarse aquí, dejándome el sabor de no haber encontrado el momento por no reconocer que no encontré el valor.
Hace cuatro días que te fuiste y sigues en ese pueblo que he llegado a odiar sin tan si quiera visitarlo, aunque sé que no es odio sino celos, celos de pensar que ese chico que tanto nombras a tu vuelta haya conseguido más en cuatro días que yo en tantos años a tu lado.
Lo reconozco, necesito un pueblo donde jugar en callejuelas blancas y silenciosas siestas, un pueblo donde esconder mis miedos en sembrados de trigo con amigos nuevos, un pueblo con desayunos sin prisas y cenas sin horas, un pueblo con bicicletas sin frenos y libélulas sorteando charcos, un pueblo con olor a lavanda y jazmín, o lo que es lo mismo, necesito un pueblo donde poder olvidarme de ti.

domingo, 9 de marzo de 2014

Creciéndose

De nuevo está ahí, creciéndose a los ojos de quien la observa, mostrando la copia exacta de sus valles, la luz ceniza entre sus montañas, de nuevo en silencio converso con ella, la someto a preguntas como lunático que soy. Me paso los meses imitándola, repitiendo mis fases melancólicas hablándole de ti y ella celosa de mis propósitos se oculta tras una nube para evitar juzgarme. Ahí está fiel a sus citas, compañera eterna de esta bola azul, misteriosa y bella, con su singular ciclo naciendo y envejeciendo cada veintiocho días, girando sobre sí enmascarando su edad.
De mí no puedo decir lo mismo, día tras día, mes a mes, año tras año veo mi rostro deteriorarse, todo merma en mí, empiezo a quedarme estancado, a sentirme añejo como este amor longevo superviviente entre tantos renglones.
Dónde quedan las ganas de hacer partidos con mis amigos, mi afán de superarme ante cualquier proyecto, mi apetito en general, todo en mí va perdiendo fuerza y sentido, todo menos este pensarte en cualquier parte, en verte en cualquier color, en sentirte entre tanta gente, en recordarte en cualquier canción.
Aquí estás, desordenando cada verbo de estas líneas estampadas de torturas mentales que no son más que réplicas de una reiterada emoción.
Ahí sigues, creciéndome por dentro, desorientándome el pulso, capitaneando mis noches como esta luna que me observa atenta para luego evitarme tras su velo blanco mientras le guiña el ojo a alguna constelación.


martes, 22 de octubre de 2013

Puntos suspensivos

Ella se excusó en ansiolíticos, él en su afán de verla feliz...
Ella pensó que el tiempo... él en robarle sus pastillas.
Ella que si falta de espacio... él haciendo hueco a sus evasivas.
Ella huyó con sonrisa hipnótica... y él se acabó de hundir...

El reloj siguió su ciclo...

Ella se expatrió a sí misma...
Y él...

Se le ve renovado, receptivo al cambio, abandonado a sus ganas de vivir, atendiéndose a sí mismo sin la farsa de su amada.
Vengándose de aquel hechizo siendo lo que quiso ser, escuchando a sus entrañas y tirando la llave de aquella puerta cerrada.
Iluso pensó que dándole tiempo y cediéndole espacio ella regresaría, pero no contó con que el tiempo se caduca en el baúl de las oportunidades y el espacio lo reemplaza el amor propio, que por ser propio siempre lleva ventaja.
Por fin perdió ese silencio gris y aquella escarcha en la cara, consumido por la debilidad de aquellos ojos que encarcelaron su vida y sus esperanzas.

Ella creyó en otro intento... él esquivó repetir...
Ella retomó su desprecio... y él se alegró de vivir.

domingo, 25 de agosto de 2013

Oferta y demanda


En el mercado de los sueños
he puesto de oferta mi cordura,
liquido sentimientos
y malvendo la locura,
a ver si los errores cicatrizan,
la impaciencia busca calma,
la vergüenza y la prudencia
a la osadía se declaran.

Date prisa que se acaba
llevo barato el corazón,
hoy, un tres por dos en abrazos,
mañana, envaso al vacío la emoción,
se puede pagar con besos,
o un cheque del querer,
un vale si es por afecto,
para halagos con un pagaré.

En el mercado de los sueños
me apetece estar despierta,
por si las palabras que me grito
huyen y luego entran,
dejaré un camastro en el suelo
por si decides volver,
y el deseo y la ternura
quieren cita de ocho a diez.

lunes, 19 de agosto de 2013

Sobraban motivos

Fue una tarde de agosto,
de frescura fundida,
cielo color papaya
tras apagarse el sol.

Adolescencia agitada,
miradas borrachas
de un primer amor,
de un te quiero mudo,
de un lleno de dos.

Nos faltó abrir la puerta
a besos nuevos,
sacudir nuestros miedos,
caminar de la mano,
traducir el silencio
y fumarnos el tiempo.

Nos faltaron promesas
sin mirar el reloj,
desnudar los abrazos
derrocharnos por dentro,
dibujarnos caricias
olvidando el afecto.

Se agotó la tarde,
el cielo acicalado de noche,
testigo sigiloso de
latidos y silencios,
de oportunidades dormidas
para contar estrellas,
conversar con la luna
por un cuándo, un por qué,
sí sobró un yo me quedo
o faltó un quédate.

domingo, 21 de julio de 2013

Gran cilindrada

14 de Marzo de 2002

Ocho días inquieto por ir a recoger la moto de mis sueños y hoy que se ha hecho realidad, de nuevo he tenido la sensación que me faltaba algo. 
Cuando el vendedor me ha entregado las llaves y me ha dicho ¡toda tuya! he recordado aquella mañana de San Juan, cuando mi padre en contra de la voluntad de mi madre, aparecía con una motocicleta de segunda mano y me ofrecía hacer las primeras prácticas con él en aquel descampado que había delante de casa; toda una recompensa por haber traído buenas notas. Recuerdo que la ilusión hizo que dejase plantados a mis amigos, como la de olvidar la idea de rematar aquel paquete de petardos sobrantes en la verbena de la noche anterior.
Desde muy temprana edad siempre he ido en bicicleta a todos lados, pero después de hacer todas las locuras posibles con ella el cuerpo me pedía estrenar mi adolescencia y transportar mi adrenalina en algo con motor y algunas cilindradas, raro era el día que no martilleaba a mis padres durante las comidas con tener mi primera moto, aunque a la edad de quince años qué adolescente no lo hacía.
Aquella mañana me sentí experto en seguida, recuerdo que a las seis o siete vueltas dirigido por mi padre escapé de allí para lucir mi nueva adquisición por todo el barrio. Al llegar a la altura de tu portal me paré al verte, no hizo falta más que un gesto para que aceptaras montarte en aquel reducido asiento a escondidas de tu madre. Lo que daría por pasar a buscarte ahora como aquella mañana de San Juan y notar de nuevo tus brazos apretando mi tórax y tus senos rozando mi espalda en cada aceleración, te aseguro que en esta moto no hay barras de portabultos que puedan hacerle daño a tu trasero, que fue de lo primero que te quejaste cuando montaste en ella. 
Si supieras que en cada moto que he adquirido a lo largo de mi vida siempre ha habido esa parte del asiento reservada para ti, que viajo con la idea de perseguir líneas discontinuas sintiéndote compañera de viaje y algo más.
Hoy, poniendo a prueba la gran cilindrada de esta nueva moto he sentido que mi pasión por las dos ruedas sigue bombeando mi corazón como en aquella mañana de San Juan, hoy, siendo un miércoles tan especial y extraño a la vez sé que he cumplido un sueño, aunque es evidente que sigue estando a medias si no lo comparto contigo.

sábado, 22 de junio de 2013

Diez deseos

Andrea fue la primera después de dos abortos naturales, le costó nacer y ahora, hasta va sobreviviendo. Empezó a caminar más tarde de lo habitual, sus padres detectaron algo anormal por sus continuas caídas, una distrofia muscular que se adelantó al diagnóstico médico y la dejaba definitivamente sentada en una silla de ruedas unas semanas antes de su décimo cumpleaños.
Sus padres quisieron que fuese un cumpleaños especial, le prepararon una gran fiesta, invitando a gente que ni ella misma conocía, contratando animadores que aportaban juegos de magia, monólogos para todos los públicos, baile y un sin fin de actividades para distraer y aportar algo de felicidad a su pequeña.
Amigos y familiares se le acercaban con regalos mientras ella se veía como en medio de una tela de araña, atrapada en aquella silla preguntándose si sus padres se habrían sometido a ese gasto si su enfermedad no la hubiese dejado inmóvil, sabía que lo hacían para motivarla pero ella odiaba someterse a semejante espectáculo emocional. Quería huir de aquel tumulto de gente, pero hasta para huir necesitaba ayuda, sus brazos ya habían empezado a perder fuerza y aquella silla, sin alguien que la empujase no la llevaría muy lejos. 
De repente se hizo el silencio quedándose todo a oscuras, a lo lejos un par de empleados del catering acercaban a Andrea un pastel enorme con varias bengalas y 10 velas encendidas, en una pared podía verse proyectada una frase: “Todo lo que quieras con tal de verte feliz”.
Las velas de aquel pastel iluminaban su cara que reflejaba una niñez estancada y hastía, Andrea rompió aquel silencio pidiendo en voz alta un deseo por cada una de las velas:
Quiero poder caminar sin esta silla.
Quiero fuerzas en mis brazos para ayudar a mi madre en la compra, organizar la casa y ayudarla a tender la ropa para que ella descanse.
Quiero fuerzas en mis piernas para acompañar a mi padre a pasear el perro, a lavar el coche y a sus entrenamientos de baloncesto.
Quiero poder abrazar a mi hermano sin miedo a que se me caiga y prepararle las palomitas de los domingos.
Quiero pasear por el parque de la mano de mis abuelos.
Quiero poder hacer la clase de educación física como todos mis compañeros, cansarme de saltar y correr por las calles.
Quiero ser bailarina.
Quiero aprender a nadar y a montar en bicicleta.
Quiero no tener ganas de morirme cada vez que me veo atrapada en esta silla.
Y por último, quiero que se cumplan todos los deseos anteriores.