sábado, 8 de junio de 2013

Destino aparente

18 de mayo de 1999

Un día más dejando constancia del paso de mis días en otro nuevo cuaderno, quién me iba a decir que gracias a mis clases de inglés, o mejor dicho, al abandono de las mismas, iba a empezar a aprovechar aquel cuaderno de apuntes a modo de diario, ya he perdido la cuenta de los que he venido estrenando todos estos años. 
Hubo un tiempo que le dedicaba horas a la compra de cada uno, la portada no me importaba, sólo necesitaba que fuese rígida, lo más importante era el tacto del papel, si al abrirlo no me resulta agradable buscaba otro, luego elegir una buena estilográfica, y digo buena porque cuando me da por escribir no quiero que me falle. 
Un día dando un paseo por esta ciudad tan vacía de ti y tan llena de turistas vi un grupo de chicos sentados en la terraza del Café La Plaçeta dibujando como si estuviesen sometidos a un duelo, me acerqué a ellos, ilustraban con pluma y restos de café a transeúntes de la zona con una destreza envidiable, me quedé un buen rato observando su trabajo y el material con el que creaban tanta belleza. Me acerqué a ellos para saber qué clase de cuaderno aguantaba la humedad de sus pinceladas, acto seguido me fui a una librería para adquirir un Moleskine, ya iba siendo hora de mimar un poco mis escritos, cederles un aposento a mis verbos entintados de angustia, resguardar mis contadas alegrías y mis innumerables penas en cuadernos más dignos.
No sé porque me ha venido a la mente "para cuando lo lean mis hijos". ¡Qué ingenuidad la mía! Creo que a estas alturas de mi vida ya no va a suceder, a no ser que ponga un anuncio en el periódico diciendo "hombre separado con destino aparente pretende tener hijos para dejarles una herencia de cuadernos encharcados de desamor".
Quiero que sepas que tener hijos no es algo que me haya quitado el sueño porque de eso ya te encargaste tú, prueba de ello está en este cuaderno y los que le preceden, todos están dedicados a ti, hablan contigo como si estuviese mirándote a los ojos, observando el carmín de tus labios, los gestos de tus manos.
Cada día me pregunto qué será de tu vida, que será de la mía si me sigo refugiando en esta rutina, cada día te escribo una carta que no te llegará porque está cosida a unos cuadernos que guardo como tesoro, cada día al escribirte me imagino tu cara de sorpresa al saberte protagonista de todas estas hojas, tantas como días que llevo siéndole fiel a este amor que se hizo dueño de mi tiempo, de numerosas estilográficas e incontables cuadernos. 
Mañana será otro día, con su amanecer distinto, con el sol brillando sin vergüenza o escondido tras las nubes, mañana será otro día con noticias distintas, me cruzaré con personas distintas, pero yo seguiré con mi destino aparente.

domingo, 26 de mayo de 2013

A las cinco de la tarde


Era extraño estar ante aquel portón de la iglesia viendo salir a hombros el ataúd con el patriarca de Los Molleteros cuando aún quedaban restos de arroz del último acontecimiento al que asistió. La muerte le pilló por sorpresa mientras se celebraba la boda de su hija Angelita y su marido Rafael en La Venta Mayo, su hijo Antonio lo encontró sentado bajo el limonero que hay en el patio con una sonrisa en la boca, un sombrero en una mano y en la otra aquel bastón con empuñadura de marfil que le trajo un fiel amigo de Nueva Guinea.
El tronco de aquel limonero aguantó aquel cuerpo aún templado con la misma pose que solía tener Julián cuando se sentaba en el umbral de su casa rodeado de jaulas con canarios y aquel viejo transistor emitiendo flamenco, toros y partidos de fútbol.
Su afición por los toros la dejó descrita en contadas ocasiones a todo el que le diera un poco de conversación, todos recordaremos cuando narraba sus escapadas nocturnas con otros valientes a la finca de El Chaparro para torear desnudos algunos astados bajo la luz de la luna. Creció y vivió entre panes y pasteles mientras soñaba con cambiar la harina por el traje de luces, banderillas, capote y salir a hombros de La Maestranza, Las Ventas o La Monumental escuchando entre la multitud el apodo familiar con algún triunfo en la mano.
Pero El Molletero tuvo que conformarse con la salida a hombros de la iglesia y el vitoreo entre sollozos en el momento de su entierro, mientras el campanario anunciaba las cinco de la tarde.

domingo, 5 de mayo de 2013

Con D.O. Estepa

Empecé a conocerla más en aquella feria, Regina, andaluza de unos cincuenta años, guapa y elegante, de semblante solemne y sonrisa afable, no dejaba de dar paseos para ver qué hacía la competencia o traernos café y tentempiés para todos; cuando se quedaba en el stand reunía a las azafatas para proponerles cambios o se quedaba cerca del resto escuchando cómo vendíamos su marca. Protegía el aceite de sus descendientes y tierras con orgullo, un aceite con denominación de origen en pleno balcón de Andalucía, un aceite de su Estepa natal.
A mí me asignaron la nueva campaña de publicidad, el aceite había conseguido un premio y había que mover la noticia por todos los medios, así que durante el último mes la acompañé a varios certámenes, locuciones de radio y televisión de ámbito local y nacional. Un mes de peregrinaje entre una ciudad y otra, de un avión a un taxi, de hoteles y de un no aparecer por casa.
El último día de feria estuve al menos veinte minutos metida en el baño tras recibir el mensaje de Fermando, no me sorprendió en sí la noticia, sino el cómo, había decidido romper nuestra relación y comunicármelo vía whatsapp: "Advertirte que cuando regreses a casa ya no encontrarás mi ropa, ni mis libros, ni mis discos, ni el resto de mis cosas... ni a mí. Nuestra relación se ha enfriado Cati, tanto tú como yo sabemos que esto no funcionaría por mucho más tiempo, cuando regreses hablaremos de lo demás". Fue un triste mensaje sin un triste hola, ni un triste beso, ni un triste adiós; sólo quedaba hablar de lo demás.
Regina se percató de mi ausencia, entró en el baño y me encontró gimoteando con un rollo de papel higiénico en la mano, al verla pensé en un despido o en una bronca, todo lo contrario, se acercó con calma y me invitó a almorzar con ella.
A modo de justificante me sentí en la necesidad de hablarle de lo ocurrido, hasta de enseñarle el mensaje de Fernando. En al menos dos horas de almuerzo empezamos y concluimos hablando del amor y su enemigo, según mi estado, el tiempo o la falta del mismo.
Con toda tranquilidad y como si tuviésemos todo el día por delante alzó la mano, en seguida un camarero se acercó para tomar nota de dos cafés y un par de chupitos.
—Bobadas Cati, a mis cincuenta y seis años tengo la certeza que el tiempo no destruye el verdadero amor, que la verdadera chispa no se apaga y para ponerte un ejemplo te contaré algo muy personal. Ahora te reirás pero te diré que desde el primer día que llegué a este recinto percibí un aroma especial que sólo he sentido una vez, el aroma del amor—. Menos mal que me advirtió de la risa porque quedé sorprendida ante tanta tontería, sobretodo porque después del mensaje de Fernando en lo que menos creía era en el amor y mucho menos en su aroma, pero seguí escuchándola. —Et voilà! ante un stand de la competencia he encontrado al que fue mi primer amor, por eso mis constantes paseos. Te aseguro que encontrármelo de nuevo ha hecho que vuelva a sentirme joven, llevo días paseando por el pasado, que a mi edad es un ejercicio vital, recordando cuando empezó todo, tardes en la hacienda, donde nuestros padres trabajaban la tierra mientras nosotros inventábamos nuevos juegos entre olivos y tierra polvorienta, crecí y maduré con aquel niño flacucho medio rubio y pelirojo al mismo tiempo que crecían aquellos olivos.
Y esta semana he sentido de nuevo ese aroma inconfundible, ese cosquilleo que siempre estuvo, el que nunca murió, el mismo que me detuvo en el pasado para acercarme a él. El tiempo nos separó por causas que sólo el destino y la vida saben, pero en ese tiempo no ha habido un sólo día que no lo haya tenido en mi mente—. Regina miró el reloj, se levantó y observó que en la mesa aún permanecían dos chupitos esperando un brindis, alzó la mano diciendo: ¡por ese aroma inconfundible!
Me otorgó tanta franqueza que le lancé una pregunta indiscreta: ¿y ese primer amor fue recíproco?
Exhaló la pregunta y espiró un nunca lo supe tan sincero que me entristeció, luego cogió su bolso y nos propusimos seguir con el último día ferial haciendo un extenso recorrido, quizás en busca de una última señal, la noté inquieta al pasar por un stand cercano al nuestro y prosiguió diciendo: ahora sólo sé que si hubiese sido recíproco ese amor, estos días, en este gran recinto se habría percatado de mi presencia.
Al incorporarnos al stand le di las gracias y le dije que su historia olía a amor con Denominación de Origen, ella me respondió con una sonrisa.
Gran parte de la tarde la pasé pensando en la nueva campaña, garabateando en mi iPad algunos dibujos; a ratos pensando en Regina, en su aroma del amor y en menor cantidad en Fernando con su mensaje sin un triste hola, ni un triste beso, ni un triste adiós.

sábado, 27 de abril de 2013

La culpa la tiene el cielo

Bilbao, 18 de Marzo de 1977


Querida Julia, ¡qué sorpresa verdad! 
Ni yo misma me creo estar robándole unas horas a esta tarde de sábado para coger papel y tinta, aunque a punto he estado de hacerlo con la vieja Olivetti de Guillermo pero es que si lo hago, parece que no desconecte de la oficina. 
Me pregunto si cuando leas estas líneas tendrás ya el título de modista colgado y enmarcado en la pared, ya sabes que puedes estrenarte haciéndome el vestido de madrina para la fiesta de agosto, que aunque queden algunos meses el tiempo pasa volando. Sé por mis primas que te va muy bien con Teo, a ver para cuándo el enlace, que de nuestra quinta eres la única que queda por vestirse de largo, aunque si te digo la verdad, deberías hacer como aquí en la capital, algunas parejas conviven juntas y no les une ningún papel, pero claro, eso a tus padres no les iba a hacer mucha gracia.
Yo cada día con menos tiempo para mí, el niño, el colegio, el trabajo, la casa... Los fines de semana si a Guillermo no le hacen trabajar el sábado solemos ir a la montaña a hacer un picnic con unos vecinos, así los niños y adultos desconectamos unas horas de la ciudad; los domingos un paseo por el centro camino del aperitivo en el bar de tío Candelario y luego para casa a comer y descansar, la única novedad para contarte es que ya tenemos reproductor de video, con lo que las tardes que nos quedamos en casa siempre tenemos una película de alquiler para ver, por lo demás, igual que siempre.
Ya está aquí la primavera y con ella el cambio de ropa, parece mentira lo que hace tener más luz por las tardes, al menos el día parece que cunde más; precisamente ayer tarde cuando volví del trabajo me enredé a organizar los armarios, he separado un par de bolsas con ropa de Julián que se le quedó pequeña antes de lo esperado, estos niños crecen por momentos, creo que su ropa le vendrá bien a Pedrito, y a tu hermana ni te cuento.
¡Ay Julia, os echo tanto de menos! no hay día que no recuerde aquel andén, aún sueño con aquella autopista férrea que iba alejándome de todo lo que me importaba para dirigirme a un lugar desconocido con más futuro, y sí, trabajando estoy desde que llegué, pero a veces siento que esa balanza de prosperidad no me recompensa. 
¡Se nota que hoy me he levantado melancólica eh! La culpa la ha tenido el cielo, sí, nada más levantarme me he asomado al balcón y me ha sorprendido verlo sin nubes y completamente azul, de ese azul que tan acostumbrados estáis por ahí; aquí lo habitual es verlo pálido y plomizo, bueno, como en la mayoría de ciudades industrializadas donde los muros de hormigón, pisos, calles y coches lo van coloreando todo de gris. Qué vida de contrastes, los pueblos andan faltos de servicios y comodidades y las ciudades sobradas de ruidos y olores pestilentes, demasiada sociedad haciendo y deshaciendo lo mismo un día tras otro.
Ojalá pueda escaparme unos días para el próximo puente de mayo, nos entregaron el coche hace un mes y Guillermo quiere hacerle un primer rodaje, espero que esta inversión con ruedas nos de más oportunidades de ir más a menudo a veros. 
Ahora me gustaría trasladarme en el tiempo, concretamente a aquellos sábados cuando queríamos bajar a la plaza para reunirnos con la pandilla y yo te ayudaba a tender las sábanas al aire libre en el antiguo corral de tu casa, espero poder hacerlo dentro de poco y no tener que acudir a los sueños. Necesito disfrutar unos días de alguna caminata recordando nuestros juegos de niñez, ir a beber agua a la fuente de La Secana, meternos en la fresca Ermita de San Nicolás a ponerle alguna vela al santo, asomarme a la loma de Punta Cabras a gritar nuestro nombre retando a nuestro eco, saturarme de aroma de romero, tomillo, estirarme en la hierba y dejarme acariciar por el viento mientras esperamos algún guiño de las nubes sacudiendo alguna que otra tormenta primaveral. ¡Sí Julia, necesito una dosis de algo sencillo, que huela a mis recuerdos! 
Tengo muchas cosas que contarte pero más ganas tengo de verte, bueno, a ti y a todos, te aseguro que voy a ser pesada con mi dosis de cariño, amenazo con pedir abrazos para dosificarlos en esta gris ciudad hasta los siguientes, así que ves avisando al pueblo entero, no es una amenaza, es que mi corazón con la edad y la distancia se ha vuelto exigente. Si no llegamos a colarnos en carretera para este puente hazme el favor de responder esta carta y ponerme al día de todo, sobretodo de ti. 
Es la hora de la despedida, esta es la parte que peor llevo y llevaré mientras haya tantos kilómetros entre la línea de mi ayer y el horizonte de mi futuro.
Me paro en este último párrafo para que fluya un suspiro y regalarte la primera dosis de abrazos que luego me cobraré en persona.

domingo, 31 de marzo de 2013

Rendición

Fueron escasos segundos los que me mantuve poseído ante aquellos ojos verdes.
—¡Qué sorpresa Elena! Adelante, pasa, me cambio de zapatos y luego  si te parece bien podemos ir a tomar algo—, avancé por el pasillo que llevaba al salón, Elena se encargó de cerrar la puerta mientras se quejaba:
—Pero bueno, ¡qué bienvenida es esta! llevamos meses sin vernos y...
Tenía razón, me había pillado tan de sorpresa su llegada que se me había olvidado saludarla como de costumbre, me giré, puse un par de dedos en sus labios a modo de silencio y luego impulsivamente la abracé, fue un momento sumamente especial, momento en el que tuve claro que si me ofrecían un último deseo antes de morir querría que fuese estar entre sus brazos. Elena interrumpió aquel trance poniendo sus manos a ambos lados de mi cara y mirándome a los ojos me dijo:
—No pensarías que me iba a quedar sin ver tus ojos mientras me vuelves a contar lo de tu viaje a Pekín para ver a... ¿cómo se llama?
Elena tenía la peculiaridad de advertir si mentía con sólo mirarme a los ojos, aquel abrazo hizo que ni me acordase de lo que me había inventado hacía unos minutos para no acudir a su boda, pero si Elena seguía mirándome así conseguiría descubrirme; de momento tenía que solventar que a mi mentira le faltaba el nombre de una mujer, escuché a la vecina de arriba moviendo muebles y elegí si pensarlo su nombre.
—¿Te refieres a Olga? —Disimulé entrando en mi habitación en busca de mis All Star, cuando alcé la vista encontré a Elena chafardeando en mi cuarto mientras me regalaba el aroma fresco y peculiar de su piel.
—Bien, primera pista, me temo que tendré que hacer de policía para poder sacarte algo más que su nombre.
La astucia de Elena iba más deprisa de lo que presentía, tenía que darme prisa para salir de aquella habitación, cualquier despiste mío lo utilizaría para sonsacarme la verdad.
—Si hubiese sabido que venías habría ordenado un poco este cuarto. Bueno cuando quieras marchamos,  ¿no te apetece una cerveza bien fresca?—. Ella seguía inmersa con sus cinco sentidos moviendo cualquier objeto que pudiese darle pistas de algo nuevo en mi vida, se fijó en una foto enmarcada que había en una estantería, una foto que nos hizo mi padre en la playa cuando teníamos escasos siete u ocho años, en ella estábamos mi hermana Carlota, ella y yo.
—¡Uy, cuánto tiempo hace ya de esto! ¿Y cómo es que tienes esta foto aquí?
—Fue un regalo de Carlota en mi vigésimo cumpleaños, ¿recuerdas que ese día vinieron a rescatar un cachalote que quedó varado en la orilla? Carlota lo pasó muy mal ese día viendo que no podían hacer nada por aquel cetáceo, creo que aquel trauma hizo que se apasionase por la biología marina, siempre dice que esa foto significó un comienzo para ella.
—No me extraña, está preciosa en esta foto, siempre tan morenita.
—Tú también estás guapísima aunque un tanto triste.
—Bueno, triste estamos los tres, lo que llegamos a llorar al ver la agonía de aquel animal. Y lo bien que captó tu padre ese momento de angustia e incertidumbre. ¿Habría posibilidad de tener una copia?
—Supongo que sí, moveré cielo y tierra pero ahora ¿qué tal si nos marchamos? dice una leyenda urbana que a partir de las ocho de la tarde ya no queda cerveza en El Xiringuetti.
—¿No tienes cervezas en casa? Es que no me apetece mucho salir.
—Venga mujer, ¿cuánto hace que no compartimos una birra juntos? además, es viernes—, impulsivamente la cogí de la mano dirigiéndome hacía la salida mientras ella seguía haciéndome preguntas:
—¿Por qué no tienes alguna foto de Olga en tu habitación?
—Sencillamente porque no necesito tener a mi familia haciéndome preguntas sobre ella, ya tengo bastante contigo, además, llevamos poco tiempo y...

lunes, 11 de marzo de 2013

Con el verbo estar en...

Buenos Aires
16 de junio de 1965

Hoy iba a ser un día normal si no llega a ser porque al salir de casa he visto correspondencia en el buzón, mis manos torpes por el frío no atinaban a coger el sobre, quizá porque en seguida he reconocido tu letra, ha sido tanta mi alegría que la he leído tres veces, una de ellas en el mismo portal. La he llevado conmigo todo el día ubicada en un bolsillo de mi chaqueta pegada a mi pecho y he tenido la sensación de llevar un imán que hacía bailar mis latidos a un ritmo desconocido; he de reconocer que no estoy acostumbrado a recibir correspondencia y la emoción me ha dejado un tanto desconcertado. Como iba sobrado de tiempo me he parado a tomar un café con la excusa del frío y así leerla por segunda vez ¡qué bien has camuflado tu perfume entre esos renglones!
Tus palabras reflejan añoranza de un amigo que acudía a escuchar tus problemas y centelleos de amores que no tenían mi nombre. Me he quedado ausente entre tu perfecta caligrafía y he notado el amor sentado al lado de mi soledad, esta soledad que conversa con mi ausencia de ti, que respira algún que otro no te olvido y se resguarda en besos que deseé sin tú saberlo. Por eso acepté este trabajo tan lejos de ti, de todo, lejos de un mundo que empezaba a notar sólo tuyo.
Dudo que las palabras que acabas de leer te sorprendan, sí, lo voy a hacer en esta primera carta, en respuesta a la tuya. Pon el verbo estar en todas sus conjugaciones antes de… enamorado de ti. No pienses que me anticipo, es que me gusta escribir cuando la emoción está reciente, sé que a estas alturas no vas a cruzar el charco y corresponderme con un abrazo y quedarte conmigo para siempre, pero era imprescindible que supieses lo que siento.
Muchas veces culpo esta nostalgia por no tener aquí más que a un tío abuelo casado con una mestiza argentina y dos primos que empiezo a conocerlos prácticamente desde ayer. Añoro a todos los que dejé atrás pero sobretodo le extraño a vos. ¡Ya se me empezó a pegar el acento de acá!
Pasearme por esta melancolía es lo único que hago cuando llego a casa, escribo y describo mi desconsuelo en borradores de papel que luego tiro, quemo o abandono entre libros.
Quererte me abre la mente y me cierra puertas de posibles conquistas, por qué negar que voy sorteando cada cebo que me impone la tentación, huyendo de mí mismo por no renunciar a ti. Y ya que empecé con la sinceridad te diré que apareces hasta en sueños donde planeo con mis manos sobre el atlas de tu cuerpo, donde mi deseo descansa en tu ombligo y concluye luego entre tus muslos para desafiar así la distancia que me separa del calor de tu piel… Como ves tu carta ha traído algo más que tinta y letras, más que aquella imagen de despedida en una estación.
Hoy caminando por las calles de este Buenos Aires, tan querido en las canciones de Gardel, iba observándome en algún que otro escaparate y he visto algo de felicidad en este rostro que estrenaba hoy un nuevo color en sus mejillas. Hasta cuando he llegado al trabajo mi compañero ha notado algo distinto en mí, como si me hubiese dejado por primera vez el mal humor de las mañanas encerrado en el piso, se ha puesto tan pesado que le he tenido que enseñar el motivo del peculiar cambio en mi carácter. Acto seguido ha empezado a bromear conmigo intentando tener alguna ocasión para robarme el único tesoro que tenía desde que llegué aquí, tu carta, esta que con su llegada me ha aferrado a una fe que no traía y ahora la escucho haciéndose amiga de un anhelo y un volver a verte.
Después de esto no sé si habrá una segunda correspondencia con tus puntos y comas, con tus elegantes haches y entrometidas emes, con tus risas mojadas en tinta y tus cotilleos en voz baja, con ese perfume a mi niña querida y amada. La ausencia será para mí una señal de que debo empezar a digerir una vida nueva sin ti, aunque tenga que enfrentarme a tu recuerdo con espada y lanza.
Cuando llegué a Rosario, un compañero de tren me regaló como obsequio de bienvenida, una pequeña publicación con pequeños relatos de autores noveles y alguna poesía de los grandes, este fragmento de Benedetti me ha parecido perfecto para dar por concluida la respuesta a tu carta: "Estaré en un lejano horizonte sin horas, en la huella del tacto, en tu sombra y mi sombra".
PD: No olvides conjugar el verbo estar en...

domingo, 3 de marzo de 2013

Dulce atasco

Estuve rodeando calles sin sentido, una me llevaba a otra que me dejaba en sentido contrario a donde yo quería dirigirme, aunque me confortaba ver que no era la única que se había metido en un atasco con salida al mismo socavón. 
¡Pero a quién se le habrá ocurrido la idea de hacer coincidir una obra de esta envergadura delante de un colegio y en plena temporada escolar! Hoy habría resultado más rentable haber salido de casa a pie. 



—¡Se puede saber qué se te ha perdido a ti por este barrio!
No me lo podía creer, era la voz de Berta, habría reconocido esa voz tan grabe en cualquier parte del planeta; hacía al menos un año que dejamos de trabajar juntas en aquel restaurante y desde entonces nos habíamos perdido la pista.
—¡Yo también me alegro de verte!
—Perdona Carla, es que si hay alguien que no esperaría encontrarme por estas calles es a ti, te hacía viviendo en otra ciudad.
—Al final el traslado de Salva no se llevó a cabo, cosas de funcionarios. Y el que me encuentres por aquí es pura casualidad, en realidad vamos a tener que darle las gracias al socavón que hay en la calle paralela al colegio del Sagrado corazón.
—¿Un socavón? No estaba enterada.
—Ni tú ni muchos de los que solemos acudir cada día a llevar a los niños al colegio. Digo yo que podrían haber puesto una señal de aviso unas semanas antes, que hacer semejante agujero no se planea de la noche a la mañana.
Tuve que dejar paso a un coche que tenía detrás y Berta aprovechó para otorgarme un espacio y poder estacionar mi coche en él. Salí para hablar más cómodamente y quitarme de encima la tensión que llevaba acumulada. 
—Si llego a imaginarme que llevar a los niños al colegio me iba a suponer este transbordo con el coche les hago ir andando, es más, hoy mismo les compro un bono bus para que bajen a la escuela solos. 
—No es por echarle un cable a tu enojo, pero si es una obra municipal no vas a tener suficiente con comprar un bono bus. 
—Sí claro, tú arréglalo.
—No te lo tomes a mal mujer, al menos nos ha dado la oportunidad de vernos después de tanto tiempo.
—Ya Berta, lo que ocurre es que hoy un atasco era lo que menos necesitaba.

sábado, 2 de marzo de 2013

Viceversa

Tengo miedo de verte
necesidad de verte
esperanza de verte
desazones de verte

Tengo ganas de hallarte
preocupación de hallarte
certidumbre de hallarte
pobres dudas de hallarte

Tengo urgencia de oírte
alegría de oírte
buena suerte de oírte
y temores de oírte

O sea
resumiendo
estoy jodido
y radiante
quizá más lo primero
que lo segundo
y también
viceversa.

M. Benedetti

sábado, 23 de febrero de 2013

Érase una vez...

El enlace de esta historia comenzó aquí

No es bueno estar dándole vueltas a algo y quedarse inmóvil sin indagar los motivos que causan ese bloqueo, aquella foto podía más que mis miedos, así que esa misma semana me presenté en casa de mi tía; yo le debía una historia y ella a mí un par de tés.
Me senté a su lado, extraje la foto del bolsillo de mi chaqueta a modo de insinuación.
—Veo que te has propuesto proteger esa foto.
—Sí, el mismo día que me la diste reciclé un pase de feria que tenía en un cajón, así evitaré que se estropee.
—Bien hecho, todas las fotos tienen algo especial pero algunas hay que atesorarlas más que otras. Yo de tanto observar la vida detrás de un objetivo me he acostumbrado a imaginarme historias y creo que en la tuya voy a estar poco equivocada. Anda, háblame de ese instante, de esa sonrisa de...
—Maica.
Agradecí su confianza y franqueza, así que empecé a describirle a mi manera y casi como un cuento lo que provocaba aquella foto en mí.
—Érase una vez… —empezamos a reinos mientras saboreábamos la primera taza de té y antes de echarme atrás y como si no tuviese otra oportunidad seguí con la historia—, ya sabrás que en el barrio existían dos pandillas, ambas identificadas con insignia, nombre y como no, con un líder.
Éramos críos pero nuestras leyes territoriales las defendíamos a sangre, bueno más bien a base de patadas y piedras. ¡Qué habría sido de nuestra infancia si no hubiesen existido las pandillas! Jugar a fútbol o baloncesto era lo habitual, pero las tardes más importantes eran las que surgía una travesura tras otra; recorríamos el barrio en bicicleta o patines, que de ese modo si nos metíamos en líos con el bando opuesto podíamos escapar rápidamente del territorio ajeno.
En nuestro grupo éramos seis chicos y cinco chicas, Maica siempre decía que hacíamos el número perfecto para formar un equipo de fútbol pero el resto de chicas se oponían a la idea de andar detrás de un balón, les resultaba poco femenino.
Sabíamos cuando Maica se enfadaba con alguna de ellas porque se acercaba a nosotros para improvisar un partido, a pesar de saber que acabaría con moratones en las piernas y embarrada hasta las rodillas se entregaba como el que más intentando llevar el balón a una portería improvisada con dos piedras a modo de poste; no necesitábamos árbitros, ni áreas, ni líneas laterales, sólo defender un balón y sumar goles. 
Maica se hacía respetar, sobretodo por su carácter que cambiaba como el tiempo, cuando la veías contenta y risueña nos contagiaba a todos pero cuando se enfadada lo mejor que podías hacer era desaparecer y no contradecirla, de lo contrario podías recibir alguna palabra que dolía más que un guantazo, quizá por eso se ganó el puesto de líder. 
De todas las chicas Maica era la mayor en meses pero la menos desarrollada físicamente, a esa edad  y entre nosotros ya nos fijábamos y comentábamos cual de ellas utilizaba sujetador y Maica no estaba en esa lista, ni si quiera se la veía presumir o flirtear con chicos. 
Pero llegó ese día en el que ella y su cuerpo se pusieron de acuerdo con el universo para sorprenderme.