domingo, 25 de agosto de 2013

Oferta y demanda


En el mercado de los sueños
he puesto de oferta mi cordura,
liquido sentimientos
y malvendo la locura,
a ver si los errores cicatrizan,
la impaciencia busca calma,
la vergüenza y la prudencia
a la osadía se declaran.

Date prisa que se acaba
llevo barato el corazón,
hoy, un tres por dos en abrazos,
mañana, envaso al vacío la emoción,
se puede pagar con besos,
o un cheque del querer,
un vale si es por afecto,
para halagos con un pagaré.

En el mercado de los sueños
me apetece estar despierta,
por si las palabras que me grito
huyen y luego entran,
dejaré un camastro en el suelo
por si decides volver,
y el deseo y la ternura
quieren cita de ocho a diez.

lunes, 19 de agosto de 2013

Sobraban motivos

Fue una tarde de agosto,
de frescura fundida,
cielo color papaya
tras apagarse el sol.

Adolescencia agitada,
miradas borrachas
de un primer amor,
de un te quiero mudo,
de un lleno de dos.

Nos faltó abrir la puerta
a besos nuevos,
sacudir nuestros miedos,
caminar de la mano,
traducir el silencio
y fumarnos el tiempo.

Nos faltaron promesas
sin mirar el reloj,
desnudar los abrazos
derrocharnos por dentro,
dibujarnos caricias
olvidando el afecto.

Se agotó la tarde,
el cielo acicalado de noche,
testigo sigiloso de
latidos y silencios,
de oportunidades dormidas
para contar estrellas,
conversar con la luna
por un cuándo, un por qué,
sí sobró un yo me quedo
o faltó un quédate.

domingo, 21 de julio de 2013

Gran cilindrada

14 de Marzo de 2002

Ocho días inquieto por ir a recoger la moto de mis sueños y hoy que se ha hecho realidad, de nuevo he tenido la sensación que me faltaba algo. 
Cuando el vendedor me ha entregado las llaves y me ha dicho ¡toda tuya! he recordado aquella mañana de San Juan, cuando mi padre en contra de la voluntad de mi madre, aparecía con una motocicleta de segunda mano y me ofrecía hacer las primeras prácticas con él en aquel descampado que había delante de casa; toda una recompensa por haber traído buenas notas. Recuerdo que la ilusión hizo que dejase plantados a mis amigos, como la de olvidar la idea de rematar aquel paquete de petardos sobrantes en la verbena de la noche anterior.
Desde muy temprana edad siempre he ido en bicicleta a todos lados, pero después de hacer todas las locuras posibles con ella el cuerpo me pedía estrenar mi adolescencia y transportar mi adrenalina en algo con motor y algunas cilindradas, raro era el día que no martilleaba a mis padres durante las comidas con tener mi primera moto, aunque a la edad de quince años qué adolescente no lo hacía.
Aquella mañana me sentí experto en seguida, recuerdo que a las seis o siete vueltas dirigido por mi padre escapé de allí para lucir mi nueva adquisición por todo el barrio. Al llegar a la altura de tu portal me paré al verte, no hizo falta más que un gesto para que aceptaras montarte en aquel reducido asiento a escondidas de tu madre. Lo que daría por pasar a buscarte ahora como aquella mañana de San Juan y notar de nuevo tus brazos apretando mi tórax y tus senos rozando mi espalda en cada aceleración, te aseguro que en esta moto no hay barras de portabultos que puedan hacerle daño a tu trasero, que fue de lo primero que te quejaste cuando montaste en ella. 
Si supieras que en cada moto que he adquirido a lo largo de mi vida siempre ha habido esa parte del asiento reservada para ti, que viajo con la idea de perseguir líneas discontinuas sintiéndote compañera de viaje y algo más.
Hoy, poniendo a prueba la gran cilindrada de esta nueva moto he sentido que mi pasión por las dos ruedas sigue bombeando mi corazón como en aquella mañana de San Juan, hoy, siendo un miércoles tan especial y extraño a la vez sé que he cumplido un sueño, aunque es evidente que sigue estando a medias si no lo comparto contigo.

sábado, 22 de junio de 2013

Diez deseos

Andrea fue la primera después de dos abortos naturales, le costó nacer y ahora, hasta va sobreviviendo. Empezó a caminar más tarde de lo habitual, sus padres detectaron algo anormal por sus continuas caídas, una distrofia muscular que se adelantó al diagnóstico médico y la dejaba definitivamente sentada en una silla de ruedas unas semanas antes de su décimo cumpleaños.
Sus padres quisieron que fuese un cumpleaños especial, le prepararon una gran fiesta, invitando a gente que ni ella misma conocía, contratando animadores que aportaban juegos de magia, monólogos para todos los públicos, baile y un sin fin de actividades para distraer y aportar algo de felicidad a su pequeña.
Amigos y familiares se le acercaban con regalos mientras ella se veía como en medio de una tela de araña, atrapada en aquella silla preguntándose si sus padres se habrían sometido a ese gasto si su enfermedad no la hubiese dejado inmóvil, sabía que lo hacían para motivarla pero ella odiaba someterse a semejante espectáculo emocional. Quería huir de aquel tumulto de gente, pero hasta para huir necesitaba ayuda, sus brazos ya habían empezado a perder fuerza y aquella silla, sin alguien que la empujase no la llevaría muy lejos. 
De repente se hizo el silencio quedándose todo a oscuras, a lo lejos un par de empleados del catering acercaban a Andrea un pastel enorme con varias bengalas y 10 velas encendidas, en una pared podía verse proyectada una frase: “Todo lo que quieras con tal de verte feliz”.
Las velas de aquel pastel iluminaban su cara que reflejaba una niñez estancada y hastía, Andrea rompió aquel silencio pidiendo en voz alta un deseo por cada una de las velas:
Quiero poder caminar sin esta silla.
Quiero fuerzas en mis brazos para ayudar a mi madre en la compra, organizar la casa y ayudarla a tender la ropa para que ella descanse.
Quiero fuerzas en mis piernas para acompañar a mi padre a pasear el perro, a lavar el coche y a sus entrenamientos de baloncesto.
Quiero poder abrazar a mi hermano sin miedo a que se me caiga y prepararle las palomitas de los domingos.
Quiero pasear por el parque de la mano de mis abuelos.
Quiero poder hacer la clase de educación física como todos mis compañeros, cansarme de saltar y correr por las calles.
Quiero ser bailarina.
Quiero aprender a nadar y a montar en bicicleta.
Quiero no tener ganas de morirme cada vez que me veo atrapada en esta silla.
Y por último, quiero que se cumplan todos los deseos anteriores.

sábado, 8 de junio de 2013

Destino aparente

18 de mayo de 1999

Un día más dejando constancia del paso de mis días en otro nuevo cuaderno, quién me iba a decir que gracias a mis clases de inglés, o mejor dicho, al abandono de las mismas, iba a empezar a aprovechar aquel cuaderno de apuntes a modo de diario, ya he perdido la cuenta de los que he venido estrenando todos estos años. 
Hubo un tiempo que le dedicaba horas a la compra de cada uno, la portada no me importaba, sólo necesitaba que fuese rígida, lo más importante era el tacto del papel, si al abrirlo no me resulta agradable buscaba otro, luego elegir una buena estilográfica, y digo buena porque cuando me da por escribir no quiero que me falle. 
Un día dando un paseo por esta ciudad tan vacía de ti y tan llena de turistas vi un grupo de chicos sentados en la terraza del Café La Plaçeta dibujando como si estuviesen sometidos a un duelo, me acerqué a ellos, ilustraban con pluma y restos de café a transeúntes de la zona con una destreza envidiable, me quedé un buen rato observando su trabajo y el material con el que creaban tanta belleza. Me acerqué a ellos para saber qué clase de cuaderno aguantaba la humedad de sus pinceladas, acto seguido me fui a una librería para adquirir un Moleskine, ya iba siendo hora de mimar un poco mis escritos, cederles un aposento a mis verbos entintados de angustia, resguardar mis contadas alegrías y mis innumerables penas en cuadernos más dignos.
No sé porque me ha venido a la mente "para cuando lo lean mis hijos". ¡Qué ingenuidad la mía! Creo que a estas alturas de mi vida ya no va a suceder, a no ser que ponga un anuncio en el periódico diciendo "hombre separado con destino aparente pretende tener hijos para dejarles una herencia de cuadernos encharcados de desamor".
Quiero que sepas que tener hijos no es algo que me haya quitado el sueño porque de eso ya te encargaste tú, prueba de ello está en este cuaderno y los que le preceden, todos están dedicados a ti, hablan contigo como si estuviese mirándote a los ojos, observando el carmín de tus labios, los gestos de tus manos.
Cada día me pregunto qué será de tu vida, que será de la mía si me sigo refugiando en esta rutina, cada día te escribo una carta que no te llegará porque está cosida a unos cuadernos que guardo como tesoro, cada día al escribirte me imagino tu cara de sorpresa al saberte protagonista de todas estas hojas, tantas como días que llevo siéndole fiel a este amor que se hizo dueño de mi tiempo, de numerosas estilográficas e incontables cuadernos. 
Mañana será otro día, con su amanecer distinto, con el sol brillando sin vergüenza o escondido tras las nubes, mañana será otro día con noticias distintas, me cruzaré con personas distintas, pero yo seguiré con mi destino aparente.

domingo, 26 de mayo de 2013

A las cinco de la tarde


Era extraño estar ante aquel portón de la iglesia viendo salir a hombros el ataúd con el patriarca de Los Molleteros cuando aún quedaban restos de arroz del último acontecimiento al que asistió. La muerte le pilló por sorpresa mientras se celebraba la boda de su hija Angelita y su marido Rafael en La Venta Mayo, su hijo Antonio lo encontró sentado bajo el limonero que hay en el patio con una sonrisa en la boca, un sombrero en una mano y en la otra aquel bastón con empuñadura de marfil que le trajo un fiel amigo de Nueva Guinea.
El tronco de aquel limonero aguantó aquel cuerpo aún templado con la misma pose que solía tener Julián cuando se sentaba en el umbral de su casa rodeado de jaulas con canarios y aquel viejo transistor emitiendo flamenco, toros y partidos de fútbol.
Su afición por los toros la dejó descrita en contadas ocasiones a todo el que le diera un poco de conversación, todos recordaremos cuando narraba sus escapadas nocturnas con otros valientes a la finca de El Chaparro para torear desnudos algunos astados bajo la luz de la luna. Creció y vivió entre panes y pasteles mientras soñaba con cambiar la harina por el traje de luces, banderillas, capote y salir a hombros de La Maestranza, Las Ventas o La Monumental escuchando entre la multitud el apodo familiar con algún triunfo en la mano.
Pero El Molletero tuvo que conformarse con la salida a hombros de la iglesia y el vitoreo entre sollozos en el momento de su entierro, mientras el campanario anunciaba las cinco de la tarde.

domingo, 5 de mayo de 2013

Con D.O. Estepa

Empecé a conocerla más en aquella feria, Regina, andaluza de unos cincuenta años, guapa y elegante, de semblante solemne y sonrisa afable, no dejaba de dar paseos para ver qué hacía la competencia o traernos café y tentempiés para todos; cuando se quedaba en el stand reunía a las azafatas para proponerles cambios o se quedaba cerca del resto escuchando cómo vendíamos su marca. Protegía el aceite de sus descendientes y tierras con orgullo, un aceite con denominación de origen en pleno balcón de Andalucía, un aceite de su Estepa natal.
A mí me asignaron la nueva campaña de publicidad, el aceite había conseguido un premio y había que mover la noticia por todos los medios, así que durante el último mes la acompañé a varios certámenes, locuciones de radio y televisión de ámbito local y nacional. Un mes de peregrinaje entre una ciudad y otra, de un avión a un taxi, de hoteles y de un no aparecer por casa.
El último día de feria estuve al menos veinte minutos metida en el baño tras recibir el mensaje de Fermando, no me sorprendió en sí la noticia, sino el cómo, había decidido romper nuestra relación y comunicármelo vía whatsapp: "Advertirte que cuando regreses a casa ya no encontrarás mi ropa, ni mis libros, ni mis discos, ni el resto de mis cosas... ni a mí. Nuestra relación se ha enfriado Cati, tanto tú como yo sabemos que esto no funcionaría por mucho más tiempo, cuando regreses hablaremos de lo demás". Fue un triste mensaje sin un triste hola, ni un triste beso, ni un triste adiós; sólo quedaba hablar de lo demás.
Regina se percató de mi ausencia, entró en el baño y me encontró gimoteando con un rollo de papel higiénico en la mano, al verla pensé en un despido o en una bronca, todo lo contrario, se acercó con calma y me invitó a almorzar con ella.
A modo de justificante me sentí en la necesidad de hablarle de lo ocurrido, hasta de enseñarle el mensaje de Fernando. En al menos dos horas de almuerzo empezamos y concluimos hablando del amor y su enemigo, según mi estado, el tiempo o la falta del mismo.
Con toda tranquilidad y como si tuviésemos todo el día por delante alzó la mano, en seguida un camarero se acercó para tomar nota de dos cafés y un par de chupitos.
—Bobadas Cati, a mis cincuenta y seis años tengo la certeza que el tiempo no destruye el verdadero amor, que la verdadera chispa no se apaga y para ponerte un ejemplo te contaré algo muy personal. Ahora te reirás pero te diré que desde el primer día que llegué a este recinto percibí un aroma especial que sólo he sentido una vez, el aroma del amor—. Menos mal que me advirtió de la risa porque quedé sorprendida ante tanta tontería, sobretodo porque después del mensaje de Fernando en lo que menos creía era en el amor y mucho menos en su aroma, pero seguí escuchándola. —Et voilà! ante un stand de la competencia he encontrado al que fue mi primer amor, por eso mis constantes paseos. Te aseguro que encontrármelo de nuevo ha hecho que vuelva a sentirme joven, llevo días paseando por el pasado, que a mi edad es un ejercicio vital, recordando cuando empezó todo, tardes en la hacienda, donde nuestros padres trabajaban la tierra mientras nosotros inventábamos nuevos juegos entre olivos y tierra polvorienta, crecí y maduré con aquel niño flacucho medio rubio y pelirojo al mismo tiempo que crecían aquellos olivos.
Y esta semana he sentido de nuevo ese aroma inconfundible, ese cosquilleo que siempre estuvo, el que nunca murió, el mismo que me detuvo en el pasado para acercarme a él. El tiempo nos separó por causas que sólo el destino y la vida saben, pero en ese tiempo no ha habido un sólo día que no lo haya tenido en mi mente—. Regina miró el reloj, se levantó y observó que en la mesa aún permanecían dos chupitos esperando un brindis, alzó la mano diciendo: ¡por ese aroma inconfundible!
Me otorgó tanta franqueza que le lancé una pregunta indiscreta: ¿y ese primer amor fue recíproco?
Exhaló la pregunta y espiró un nunca lo supe tan sincero que me entristeció, luego cogió su bolso y nos propusimos seguir con el último día ferial haciendo un extenso recorrido, quizás en busca de una última señal, la noté inquieta al pasar por un stand cercano al nuestro y prosiguió diciendo: ahora sólo sé que si hubiese sido recíproco ese amor, estos días, en este gran recinto se habría percatado de mi presencia.
Al incorporarnos al stand le di las gracias y le dije que su historia olía a amor con Denominación de Origen, ella me respondió con una sonrisa.
Gran parte de la tarde la pasé pensando en la nueva campaña, garabateando en mi iPad algunos dibujos; a ratos pensando en Regina, en su aroma del amor y en menor cantidad en Fernando con su mensaje sin un triste hola, ni un triste beso, ni un triste adiós.

sábado, 27 de abril de 2013

La culpa la tiene el cielo

Bilbao, 18 de Marzo de 1977


Querida Julia, ¡qué sorpresa verdad! 
Ni yo misma me creo estar robándole unas horas a esta tarde de sábado para coger papel y tinta, aunque a punto he estado de hacerlo con la vieja Olivetti de Guillermo pero es que si lo hago, parece que no desconecte de la oficina. 
Me pregunto si cuando leas estas líneas tendrás ya el título de modista colgado y enmarcado en la pared, ya sabes que puedes estrenarte haciéndome el vestido de madrina para la fiesta de agosto, que aunque queden algunos meses el tiempo pasa volando. Sé por mis primas que te va muy bien con Teo, a ver para cuándo el enlace, que de nuestra quinta eres la única que queda por vestirse de largo, aunque si te digo la verdad, deberías hacer como aquí en la capital, algunas parejas conviven juntas y no les une ningún papel, pero claro, eso a tus padres no les iba a hacer mucha gracia.
Yo cada día con menos tiempo para mí, el niño, el colegio, el trabajo, la casa... Los fines de semana si a Guillermo no le hacen trabajar el sábado solemos ir a la montaña a hacer un picnic con unos vecinos, así los niños y adultos desconectamos unas horas de la ciudad; los domingos un paseo por el centro camino del aperitivo en el bar de tío Candelario y luego para casa a comer y descansar, la única novedad para contarte es que ya tenemos reproductor de video, con lo que las tardes que nos quedamos en casa siempre tenemos una película de alquiler para ver, por lo demás, igual que siempre.
Ya está aquí la primavera y con ella el cambio de ropa, parece mentira lo que hace tener más luz por las tardes, al menos el día parece que cunde más; precisamente ayer tarde cuando volví del trabajo me enredé a organizar los armarios, he separado un par de bolsas con ropa de Julián que se le quedó pequeña antes de lo esperado, estos niños crecen por momentos, creo que su ropa le vendrá bien a Pedrito, y a tu hermana ni te cuento.
¡Ay Julia, os echo tanto de menos! no hay día que no recuerde aquel andén, aún sueño con aquella autopista férrea que iba alejándome de todo lo que me importaba para dirigirme a un lugar desconocido con más futuro, y sí, trabajando estoy desde que llegué, pero a veces siento que esa balanza de prosperidad no me recompensa. 
¡Se nota que hoy me he levantado melancólica eh! La culpa la ha tenido el cielo, sí, nada más levantarme me he asomado al balcón y me ha sorprendido verlo sin nubes y completamente azul, de ese azul que tan acostumbrados estáis por ahí; aquí lo habitual es verlo pálido y plomizo, bueno, como en la mayoría de ciudades industrializadas donde los muros de hormigón, pisos, calles y coches lo van coloreando todo de gris. Qué vida de contrastes, los pueblos andan faltos de servicios y comodidades y las ciudades sobradas de ruidos y olores pestilentes, demasiada sociedad haciendo y deshaciendo lo mismo un día tras otro.
Ojalá pueda escaparme unos días para el próximo puente de mayo, nos entregaron el coche hace un mes y Guillermo quiere hacerle un primer rodaje, espero que esta inversión con ruedas nos de más oportunidades de ir más a menudo a veros. 
Ahora me gustaría trasladarme en el tiempo, concretamente a aquellos sábados cuando queríamos bajar a la plaza para reunirnos con la pandilla y yo te ayudaba a tender las sábanas al aire libre en el antiguo corral de tu casa, espero poder hacerlo dentro de poco y no tener que acudir a los sueños. Necesito disfrutar unos días de alguna caminata recordando nuestros juegos de niñez, ir a beber agua a la fuente de La Secana, meternos en la fresca Ermita de San Nicolás a ponerle alguna vela al santo, asomarme a la loma de Punta Cabras a gritar nuestro nombre retando a nuestro eco, saturarme de aroma de romero, tomillo, estirarme en la hierba y dejarme acariciar por el viento mientras esperamos algún guiño de las nubes sacudiendo alguna que otra tormenta primaveral. ¡Sí Julia, necesito una dosis de algo sencillo, que huela a mis recuerdos! 
Tengo muchas cosas que contarte pero más ganas tengo de verte, bueno, a ti y a todos, te aseguro que voy a ser pesada con mi dosis de cariño, amenazo con pedir abrazos para dosificarlos en esta gris ciudad hasta los siguientes, así que ves avisando al pueblo entero, no es una amenaza, es que mi corazón con la edad y la distancia se ha vuelto exigente. Si no llegamos a colarnos en carretera para este puente hazme el favor de responder esta carta y ponerme al día de todo, sobretodo de ti. 
Es la hora de la despedida, esta es la parte que peor llevo y llevaré mientras haya tantos kilómetros entre la línea de mi ayer y el horizonte de mi futuro.
Me paro en este último párrafo para que fluya un suspiro y regalarte la primera dosis de abrazos que luego me cobraré en persona.

domingo, 31 de marzo de 2013

Rendición

Fueron escasos segundos los que me mantuve poseído ante aquellos ojos verdes.
—¡Qué sorpresa Elena! Adelante, pasa, me cambio de zapatos y luego  si te parece bien podemos ir a tomar algo—, avancé por el pasillo que llevaba al salón, Elena se encargó de cerrar la puerta mientras se quejaba:
—Pero bueno, ¡qué bienvenida es esta! llevamos meses sin vernos y...
Tenía razón, me había pillado tan de sorpresa su llegada que se me había olvidado saludarla como de costumbre, me giré, puse un par de dedos en sus labios a modo de silencio y luego impulsivamente la abracé, fue un momento sumamente especial, momento en el que tuve claro que si me ofrecían un último deseo antes de morir querría que fuese estar entre sus brazos. Elena interrumpió aquel trance poniendo sus manos a ambos lados de mi cara y mirándome a los ojos me dijo:
—No pensarías que me iba a quedar sin ver tus ojos mientras me vuelves a contar lo de tu viaje a Pekín para ver a... ¿cómo se llama?
Elena tenía la peculiaridad de advertir si mentía con sólo mirarme a los ojos, aquel abrazo hizo que ni me acordase de lo que me había inventado hacía unos minutos para no acudir a su boda, pero si Elena seguía mirándome así conseguiría descubrirme; de momento tenía que solventar que a mi mentira le faltaba el nombre de una mujer, escuché a la vecina de arriba moviendo muebles y elegí si pensarlo su nombre.
—¿Te refieres a Olga? —Disimulé entrando en mi habitación en busca de mis All Star, cuando alcé la vista encontré a Elena chafardeando en mi cuarto mientras me regalaba el aroma fresco y peculiar de su piel.
—Bien, primera pista, me temo que tendré que hacer de policía para poder sacarte algo más que su nombre.
La astucia de Elena iba más deprisa de lo que presentía, tenía que darme prisa para salir de aquella habitación, cualquier despiste mío lo utilizaría para sonsacarme la verdad.
—Si hubiese sabido que venías habría ordenado un poco este cuarto. Bueno cuando quieras marchamos,  ¿no te apetece una cerveza bien fresca?—. Ella seguía inmersa con sus cinco sentidos moviendo cualquier objeto que pudiese darle pistas de algo nuevo en mi vida, se fijó en una foto enmarcada que había en una estantería, una foto que nos hizo mi padre en la playa cuando teníamos escasos siete u ocho años, en ella estábamos mi hermana Carlota, ella y yo.
—¡Uy, cuánto tiempo hace ya de esto! ¿Y cómo es que tienes esta foto aquí?
—Fue un regalo de Carlota en mi vigésimo cumpleaños, ¿recuerdas que ese día vinieron a rescatar un cachalote que quedó varado en la orilla? Carlota lo pasó muy mal ese día viendo que no podían hacer nada por aquel cetáceo, creo que aquel trauma hizo que se apasionase por la biología marina, siempre dice que esa foto significó un comienzo para ella.
—No me extraña, está preciosa en esta foto, siempre tan morenita.
—Tú también estás guapísima aunque un tanto triste.
—Bueno, triste estamos los tres, lo que llegamos a llorar al ver la agonía de aquel animal. Y lo bien que captó tu padre ese momento de angustia e incertidumbre. ¿Habría posibilidad de tener una copia?
—Supongo que sí, moveré cielo y tierra pero ahora ¿qué tal si nos marchamos? dice una leyenda urbana que a partir de las ocho de la tarde ya no queda cerveza en El Xiringuetti.
—¿No tienes cervezas en casa? Es que no me apetece mucho salir.
—Venga mujer, ¿cuánto hace que no compartimos una birra juntos? además, es viernes—, impulsivamente la cogí de la mano dirigiéndome hacía la salida mientras ella seguía haciéndome preguntas:
—¿Por qué no tienes alguna foto de Olga en tu habitación?
—Sencillamente porque no necesito tener a mi familia haciéndome preguntas sobre ella, ya tengo bastante contigo, además, llevamos poco tiempo y...