lunes, 18 de febrero de 2013

Al menos inténtalo

El enlace de esta historia puedes leerlo aquí

Llamé a Fernando para saber la evolución y recuperación de Ana, me salió el contestador. Nunca estoy preparada para responderle a una máquina que te pone una señal con cuenta atrás y a la que tienes que dejarle muy resumidamente lo mucho que querías decir en pocos segundos; segundos en los que tienes todas las papeletas de quedarte en blanco o colgar, pero esta vez ninguna de esas me tocó —hola Fernando, soy Lucía, quería saber cómo está Ana, volveré a llamarte, un beso—. 
Corrí las cortinas y dejé entrar al sol y acompañada de su calor me senté en el suelo entre cojines, desde que volví de México disfruto de pequeños momentos como estos, abrir las ventanas y observar las nubes o el simple cielo es todo un lujo para mi imaginación, pero estaba un poco tensa para andar llamando a las musas. Seguía con el móvil en la mano y busqué en mi lista de mp3 la canción de Cadillac Solitario para añadirla como tono de llamada, la asocié al número de Ricardo para diferenciar una posible llamada suya a la del resto de contactos. Al ver la hora de la llamada del día anterior recordé el momento en el que Ricardo llevaba aquella bolsa de pan en la mano y un abrazo en la otra.
En mitad de mi emotivo trance sonó el teléfono, era el número de Fernando, —hola Lucía soy Ricardo—, no me lo podía creer, yo que me había preparado un tono de llamada personalizado para preparar mi corazón a la voz de Ricardo y va el destino y me torea de esta manera.  
—Hola Ricardo, me he sorprendido al escucharte, esperaba... 
—Sí, esperabas escuchar a mi padre claro, lo entiendo. Cuando has llamado estaba hablando con Elvira y como mi padre no tiene muy de la mano el tema de mensajería de voz he sido yo quien ha escuchado tu mensaje, así que he decidido responderte yo personalmente.
—Gracias, bueno y la paciente, ¿qué tal está?
—Pues muy bien, me he quedado esta noche con ella aquí en el hospital y la verdad es que ha dormido como una marmota, ahora le están haciendo un último reconocimiento, la enfermera nos ha dicho que seguramente nos podremos ir a casa antes del mediodía.
—¡Qué buena noticia! Me alegro muchísimo Ricardo. 
—Lo sé, lo sé. Bueno, ayer no te di las gracias por haber estado en el hospital dando la cara como acompañante, si no llegas a estar aquí...
—Pues no habría pasado nada, en el hospital se habrían puesto en contacto con alguna persona cercana preguntando a tu madre, la coincidencia que estuviese yo por allí resultó ser la solución.
—Ya, ya, si con los móviles y resto de tecnología nos tienen fichados a todos, igualmente no es razón para excusarse, ¡te debo una!
—¿Sólo una? ¿Acaso has olvidado las que me debes tú de cuando éramos críos?— Empezamos a reír y entre mi tontería y su risa noté que alguien le reclamaba, de nuevo intervino la interrupción.
—Lucía, lo siento, te llamo en unos minutos. ¡Hasta ahora!
Creo que cortó la llamada antes de mi despedida, que de cinco palabras la última era un beso.



Mientras esperaba pensé que podría ser el momento de hacer una limpieza de llamadas perdidas, fotografías absurdas, incluso direcciones de correo electrónico de clientes de la empresa en la que trabajé el año pasado. ¡Cómo podemos tener tanta información en estos teléfonos, tenemos en sus entrañas parte de nuestro adn!
Estaba tan ansiosa que corroboré tres veces el volumen del teléfono, tengo costumbre de ponerlo en silencio cuando trabajo y luego olvidarme de desactivar la función. 
Tuvieron que pasar dieciocho minutos para escuchar por fin el tono del Cadillac Solitario.

lunes, 11 de febrero de 2013

¡O mía o de nadie!

El hilo de esta historia puedes leerlo aquí
Otra virtud de María es la puntualidad, es por eso que me extrañé cuando no apareció abriendo la puerta a eso de las ocho de la mañana, imaginé varias teorías que podían ocasionar ese retraso, una caída, una llamada de algún familiar enfermo, un posible retraso del transporte público... 
Sentía llover, hoy algún taxista o conductor de autobús estará más irritado de lo habitual, en días así se suman los coches y la ciudad queda intransitable y algo desordenada, eso sí, aumentan los colores gracias a los paraguas e impermeables que contrastan con el plomizo color del cielo, así que no tardé en levantarme y disfrutar de las luces de los coches y los semáforos reflejados en el asfalto mientras desayunaba, algo que María aún no entiende, de hecho deberá estar maldiciendo la lluvia por como se deben estar quedando los cristales, esos por los que observamos cada día la vida de los demás pasar, algunas de apariencia lujosa y otras con aspecto de ocasión. 
Me levanté para ir aseándome; el baño y una habitación que hacía servir Andrés como taller son las únicas estancias de mi casa que dan a la parte de atrás con vistas a un patio de uno de los colegios del barrio y por el que ya se empezaban a oír algunos niños que estarían estrenando sus botas de agua entre charcos.
Después, por si María había empezado el día con mal pie decidí acercarme a la cocina con muletas a preparar el desayuno para ambas, la verdad es que me encuentro cada día más ágil, pero sin  compañía no me atrevía a pasearme sin apoyo.
Moverme por la cocina con muletas me resultó un tanto embarazoso y hasta cómico, me sentía casi como un marine en una pista americana intentando esquivar el verdulero y un par de taburetes, me inquieté intentando localizar el pan, los cereales, el azúcar y el café; todo estaba cambiado de sitio a la comodidad y costumbres de María, de nuevo volvía a sentirme como una niña, pero esta vez jugando al escondite. Mi primer día a solas en la cocina después de la operación y mi empeño en querer ser auto suficiente me estaba resultando un tanto estresante.
Sentí la llave en la cerradura y un suspiro deslizarse por el pasillo al ritmo acelerado de unos pasos, en cuanto me vio en la cocina empezó a disculparse y al mismo tiempo a echarme la bronca por estar enredando en la cocina con las muletas abandonadas al lado de un cubo de reciclaje. Se lavó las manos y como un autómata terminó de organizar lo que yo a penas había empezado. Me acompañó al comedor diciéndome que tenía que explicarme sentada y con una dosis de cafeína el motivo por el cual se había retrasado.

domingo, 27 de enero de 2013

Huida a Pekín

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Dejó un mensaje en el contestador. ―Hola familia, soy Elena, ¿cómo estáis? Llamaba para que me confirmaseis cuántos vendréis a nuestra boda, el restaurante nos ha pedido con antelación la organización de las mesas y el número de invitados y andamos un poco estresados. Bueno, espero vuestra llamada, si no me encontráis a este número podéis dejarle el recado al de mis padres. Un abrazo―. 
Estaba en mi destino ver la luz intermitente en el contestador al llegar a casa y escuchar aquel mensaje. Habían pasado cuatro meses desde que pasó por casa para dejar la invitación de su boda, hasta hoy su nombre había aparecido en alguna conversación entre mi amigo Arturo y yo o entre mi madre y mi hermana, pero su voz hacía mucho tiempo que no la escuchaba, había olvidado que seguía atravesándome los sentidos como siempre. Su mensaje me recordaba que el día del evento estaba más cerca y el plan para no asistir tenía que ejecutarlo ya.
Me dirigí a la cocina en busca de una cerveza que refrescase mis neuronas y tomarme de un sorbo aquella incertidumbre que me había asaltado en plena tarde de junio, encendí el equipo hi-fi, cuando estoy solo pongo a prueba el Marantz que compró mi padre cuando yo a penas tenía catorce años, hay que decir que más adelante lo enriquecí incorporándole unos Infinity que en muchas revistas de la época venían recomendando, la verdad es que siguen sonando de maravilla a pesar de tener tantos años. Puse una emisora al azar y me dirigí a mi habitación tarareando un éxito absurdo y repetitivo, canciones que odias pero se pegan a tu mente durante meses; según el locutor era el número uno, por supuesto que si esa canción era la primera de la lista no quería saber cuál era la última. Me senté perezoso en mi cama esperando que las próximas notas fueran algo más normales y  normal en mi estado quería decir que iba a ser muy exigente, no tenía el cuerpo para otro tecno reggaeton dramático, por mucho que fuese lo más pinchado.


Me propuse jugar un poco con la música, controlar con el pensamiento qué canción iba a salir una vez acabada la dichosa publicidad, no era cuestión de perder el tiempo sino de perderme en el tiempo para quitarme de la cabeza la voz de aquella llamada y dejar hueco para el plan.

jueves, 24 de enero de 2013

La distancia

Llevaba días queriendo pasar por la ferretería y hacer esas pequeñas compras que se aplazan por falta de tiempo o aparcamiento, pero teniendo la tarde libre no puse excusas. Necesitaba una goma nueva para la cafetera, unas arandelas para unos tubos del lavadero y hacer la copia de una llave para el cuarto trastero y para rematar la tarde, me pasaría a recoger unos papeles por la gestoría.
La casa de mi tía Cándida quedaba cerca de mi trayecto así que decidí hacerle una visita. La encontré sola, rodeada de unas cajas de lata donde antes de tener fotos antiguas estuvieron llenas de infusiones o galletas. Al ver que tenía una tetera hirviendo en la cocina le propuse compartir con ella un té acompañado de algunas vivencias en imágenes, se levantó contenta y con agilidad dejando unas pilas de fotos encima de la mesa, la de veces que repasará esas fotos.
Siempre ha sido muy aficionada a la fotografía, no recuerdo haberla visto muchas veces sin una cámara en la mano, decía que el fotógrafo aficionado siempre debe estar preparado porque nunca sabe cuando le otorgará el momento una buena instantánea, lo mismo le hacía fotos a un paraje que a personas, a un gato que a una nube, para ella todo está en un punto de mira idóneo para ser plasmado. Aunque con los móviles actuales no creo que hubiese disfrutado, ella prefiere la robustez de una cámara y a ser posible réflex.
Se sentó a mi lado haciéndole hueco entre tanta fotografía a una bandeja que portaba dos tazas de té y un platito con galletas de canela hechas por ella, la repostería es otro de sus hobbys. La sala se ambientaba con música de Roberto Carlos, creo que de pequeño me aprendí algunas de sus canciones de tanto como se escuchaban en casa de mis abuelos.

miércoles, 16 de enero de 2013

Mejor vuelve

25-01-1965
Querido Pablo
Aún no ha llegado febrero y ya empiezan a pintar los almendros el paisaje de las lomas y con ellos las ganas de saber de ti, todos los días espero al cartero con la ilusión que lleguen noticias tuyas y sin ellas voy dándole más motivo a la preocupación, me pregunto si te habrán cambiado el turno y es por eso que no tienes tiempo de escribirme. Asomada a la ventana he pensado en describirte en unas líneas lo que ahora mismo observo y pienso, por aquí no hay muchas novedades, el pueblo no ha cambiado nada, todo lo más sus gentes, los jóvenes más viejos y los viejos más añejos. Si vieras cómo está el valle de almendros florecidos, este año se han adelantado unas semanas. 
Mi madre sigue empeñada en que sea modista, me obliga a diario a coser prendas del ajuar y sólo pensando en compartir esas prendas contigo es como puedo pasar la aguja por tanta tela, ya sabes que lo mío es cantar. Mira por donde el sábado estuvimos merendando todas las chicas en casa de Encarna para celebrar su cumpleaños y cual fue mi sorpresa que se acercó Adela con su novio para proponerme cantar en "la cantina del chato" y que ahora regenta su hermano, para empezar sólo serían algunos sábados y domingos; no quiero hacerme demasiadas ilusiones, primero porque mi padre no quiere imaginarme entre sus tablas por tanta alma perdida en el alcohol y ojos perdidos en las enaguas y segundo por mi madre, que dice que teniendo el novio trabajando en Alemania no está bien visto, ya sabes que aquí vivimos y sobrevivimos del qué dirán ¿cuándo cambiará esto?
Menos mal que esta semana ya empezamos a ensayar con la comparsa de Santa Catalina, por aquí ya huele a carnavales y se empiezan a escuchar algunas chirigotas en las casas y tabernas, estoy segura que te gustaría estar aquí tanto como a mí verte disfrutándolas.
Tus padres están bastante bien, más tranquilos que la última vez que te escribí y es que tu hermana Isabel empieza a mejorar de salud, por fin dejaron de ir a aquel curandero que lo único que hacía era sacarle el dinero. Los convenció la mujer del practicante que le sugirió un médico de la capital; y debe ser bueno porque ya ha empezado a caminar sin ayuda de muletas, hasta se la puede ver por la calle intentando caminar cada día unos metros más, dice que en menos de un mes quiere llegar hasta la finca de Aurelio, con este empeño se ve más claro que entre estos dos hay un romance.
Y tu tío Agustín ahora quiere proponerle a Aurelio ser socio de un nuevo negocio, al parecer quiere empezar a elaborar quesos, ya ves, después de tantos años siendo escribiente del alcalde ahora le ha dado por dedicarse al campo, como siempre a tu tío no hay quien lo entienda; cuando le digo que lo que le hace falta es una mujer a su lado me cambia de tema diciéndome que en cuanto tenga por la mano el oficio de hacer quesos te enviará alguno para que sientas el pueblo bien cerca.
Tu prima Carmina ya ha dado a luz, dos niños preciosos que se parecen mucho a Kiko, si tuviese alguna foto de ellos te la enviaba, tu prima no hace más que pensar en el tiempo que pasará Kiko hasta venir a conocer a sus hijos, y yo pensando que si llega ese día vengas tú con él, para que puedas comprobar como yo que... a Sebastiana le sobran suspiros pensando en Josete que anda tirando los tejos a Juana, otra que va como loca buscando romper el compromiso de Matías y Candela, que por si no lo sabes ya hay fecha de casamiento.
Ya está medio pueblo pensando en el día de la boda, que siendo hija única del alcalde se prevee una fiesta tan grande como la de agosto. Imagínate, el pueblo entero sacará de sus roperos los mejores trajes para lucirse a juego con sus calles que estrenarán farolillos, baile y orquesta. Las damas de honor quedarán a la espera de ver volar el ramo mientras las niñas con sus trenzas y vestidos rosas las imitarán creyéndose ser princesas, y los niños de corto lucirán golpes ensangrentados y churretes de caramelo en sus mejillas...
Ahora mismo he parado de escribir porque me he quedado pensando en el abrazo que te daría y no digamos los besos, ya va a hacer ocho meses que te fuiste y no quiero imaginarme otro verano sin tí. A ver si con todas estas líneas consigo tener respuesta tuya, aunque si puede ser, mejor vuelve. 

jueves, 3 de enero de 2013

Un mal día

Sólo recuerdo que no fue mi mejor día, sigo sin entender por qué aceleré ante aquel semáforo en ámbar. Llegaba a casa aturdido, más nervioso que de costumbre pensando en el fallo tan absurdo que había tenido y que me iba a hacer repetir el dichoso examen, la idea de tener carné de conducir nunca me había atraído, de hecho, de todos mis amigos he sido el último en decidirme y el primero en suspender.
Al entrar en casa sentí a mi madre remover cazuelas en la cocina, creo que no me escuchó entrar. Antes de despedirme esta mañana me advirtió que tanto si aprobaba o no haría una comida especial, incluyendo mi postre favorito, tarta de queso.
Me dirigía al comedor para dejar mi chaqueta sobre el sofá cuando me percaté de aquel sobre malva, al acercarme reconocí la letra en seguida, mi corazón empezó a latir a una velocidad incalculable, habría preferido someterme de nuevo al examen de conducir a averiguar por qué había un sobre con letra de Elena encima de la mesa, me di cuenta que ya estaba abierto, seguramente había sido mi madre; lo cogí y deduje por la rigidez y forma que en el interior había un cd. 
De la nada de esa cocina y sin enterarme apareció mi madre toda ilusionada preguntándome por mi examen, no tuve que decirle nada porque las madres tienen ese poder de adivinar ciertos gestos, quiso tranquilizarme con un comentario que no arregló para nada mi estado de ánimo, —es la invitación de boda de Elena y Toni, verás que bonita es, se ha presentado esta mañana para entregárnosla en persona, venía guapísima, me ha preguntado por ti. ¡Ah! junto a la invitación viene un cd, me ha dicho que es todo de música, pero he estado tan liada en la cocina que no me ha dado tiempo ni de escucharlo, ya te dije que haría tu postre favorito —. Intentando disimular mi angustia, mis ganas de romper aquel sobre con su noticia y aquellas ganas inmensas de llorar interrumpí a mi madre para que no me diese más detalles sobre el encuentro dándole un gran abrazo agradeciéndole ese gesto culinario.
Una parte de mí me decía que dejase aquel sobre donde lo había encontrado y otra muy fuerte saboteaba mi interior queriendo saber qué habría en él, esperé a que mi madre volviese a distraerse entre cazuelas para llevarme el sobre y su contenido a mi habitación, encendí mi ordenador y mientras  arrancaba saqué la invitación para leerla, no sentí más que rabia, dolor, o lo que diría mi amigo César si me hubiese visto en aquel momento, —celos, tú sientes celos chaval, celos de ver a Elena con otro, de no ser tú el afortunado—. Y una vez más mi interior le daría la razón aunque no lo acabase reconociendo ante él.
Esa invitación era lo último que esperaba de ella, Toni era su tercer novio formal, hasta llegué a pensar que sería otro de tantos y que nunca la oiría decir “me caso”.


La invitación reflejaba lo que todas las invitaciones, ilusión, amor y celebración para un día grande y especial, pero no era como otras que habían llegado a mis manos de amigos o primos, esta era distinta porque en ella venía escrito el nombre del afortunado novio, de la persona que si todo marchaba bien, iba a estar a su lado el resto de su vida, y ese afortunado no iba a ser yo.
Vi que el cd tenía una fotografía de ambos y un título: “Parte de nuestra BSO está entre tus manos” y mis manos me ardían observando su felicidad. Introduje el cd de música en mi ordenador, fui escuchando sólo los primeros 30 segundos de cada pista y no podía creer que a ambos les uniese toda esa selección musical, eran canciones de una época en la que seguro ni se conocían, una selección musical con el gusto inconfundible de Elena, canciones que cantábamos juntos, canciones que fueron nuestras, al menos es lo que yo creí.
Y en ese instante de desilusión me di cuenta que mi vida era una auténtica mierda, y que suspender el primer examen de conducir no era nada para el suspenso que me había otorgado la vida en esos momentos. 
Tenía en mis manos la peor noticia que podía recibir ese jueves, Elena, mi chica de ayer, iba a casarse con Toni, un tipo extraño del que no tenía más que un pequeño recuerdo de un encuentro en una feria medieval, un encuentro tan casual como frío, ella me presentó a su chico disfrazado de caballero templario, él se mostró amable en la justa medida que lo haces ante un desconocido y desde aquel día no volví a verle nunca más. Conozco a Elena desde que íbamos a párvulos y he llegado a saber de todos sus mejores amigos que se hicieron conocidos míos más tarde, pero este tal Toni no sé de dónde salió, no sé más que su nombre y que le sentaba fatal el disfraz de templario.
Cuando nos pusimos a comer mi madre de nuevo sacó el tema de la invitación a mi hermana, incluso pusieron el cd de fondo mientras comíamos. Es increíble la ilusión que le hace a algunas mujeres ir de boda, al menos para las mujeres de mi familia siempre ha sido la mejor ocasión de mostrar el glamour y por qué no, el ridículo.
A cinco meses del evento sentía que mi cabeza iba a estallar de un momento a otro, escuchaba de nuevo aquella selección especial de canciones mezcladas con la algarabía de mi hermana y mi madre que compraban con la imaginación la ropa que lucirían, yo mientras iba planeando qué excusa inventar para no asistir al enlace, pero estaba empezando a tener claro que no era el mejor momento para elegir el plan, ni si quiera para probar la tarta de queso que con tanto entusiasmo mi madre había hecho para mí.
Aquel día hiciese lo que hiciese, pensase lo que pensase, tocase lo que tocase. comiese lo que comiese, suspendería. Estaba claro que no era mi mejor día.

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martes, 1 de enero de 2013

Nadie, nada...

Ese aparato doméstico que ni adorna y está en desuso es el que me ha partido el día hoy. Nadie está preparado para una llamada en un día en el que la mayoría está celebrando el primer día del año con manjares suculentos, y aún quedan restos de serpentinas de papel, gorritos y luces de colores que marean más que el propio alcohol consumido. Nadie tiene las palabras de consuelo preparadas para un momento así, sólo el susurro del silencio prefiere ser partícipe de una conversación a distancia. 



Hoy nada tiene sentido en esos mensajes de felicidad decorada con los mejores perfumes y lentejuelas mientras tú estés ante esa espera anunciada, nada.

lunes, 31 de diciembre de 2012

Fresas, champagne y sueños



Me paró justo cuando bajaba del autobús, hacía algunos meses que no nos veíamos y en su manera de asaltarme deduje que tenía muchas cosas que contar. Nos dirigimos a una cafetería cercana que suele estar repleta de super nanys, como las apodó en su día mi amiga Elena, son las madres que dejan a sus hijos en el colegio mientras ellas hacen tiempo hasta que salen. Por suerte la cafetería estaba lo suficientemente llena como para hablar y nuestras conversaciones se perdiesen en el murmullo y lo suficientemente vacía como para encontrar una mesa aislada de ese murmullo. Empezó contándome algo que ya era muy común en ella, volvía a tener un rollito con alguien, pero lo que menos podía imaginarme era con quién, porque esta vez no era el típico compañero de trabajo, ni el conocido en un viaje de verano, no, esta vez había ido más lejos. Se había empeñado en apuntarse a una de esas fiestas Remember que tan de moda están ahora y sabiendo que a ella iban a acudir algunos ex compañeros de instituto a los que hacía años les había perdido la pista y le hacía gracia volver a ver, lo que no imaginaba es que la mayoría iban a asistir con su pareja. Julia nunca ha sido mujer de un solo hombre, suele cansarse rápido de ellos, pasa de ver el hombre perfecto la primera semana a quitarle puntos en menos de un mes, pero últimamente con el instinto maternal al descubierto va pidiendo a gritos sentar un poco la cabeza.
He de reconocer que nunca la había visto tan ilusionada, pero jamás podía imaginarme que el príncipe asignado esta vez fuese Pedro Guzmán, amigo de ambas en nuestra adolescencia durante el bachillerato. Al parecer todo empezó esa noche de Remember...
Se intercambiaron miradas, palabras, algún bailoteo y nueve dígitos. Empezó a enseñarme fotos de esa noche, esas fotos horrorosas hechas con el teléfono por uno mismo quedando las caras deformadas, se les veía muy contentos e incluso muy acaramelados, en alguna incluso se podía ver a la mujer de Pedro, Sonia, que también conocíamos de la época, a todos los fotografiados se les veía con sonrisas de alcohol, algunas canas, arrugas y frentes despejadas por la falta de pelo, nada hacía prever en aquellas fotos lo que podría cambiar sus vidas unas horas después. Y digo horas porque según me contó Julia fue Pedro quien la acompañó a casa, habían decidido rematar la noche dándole la bienvenida a la mañana con un chocolate con churros, pero Sonia estaba un poco preocupada por haber dejado a sus dos hijos tantas horas con una nueva canguro y animó a ambos a que disfrutaran del desayuno sin ella. Y eso hicieron, se fueron los dos solos y entre olor a aceite requemado y chocolate hicieron un resumen de la noche y quedaron en volverse a ver pronto.
Julia me estaba asustando.
—¡Ay Marisa, tantos años teniendo a Pedro en clase en el pupitre de atrás y no darme cuenta de esos ojos azules, te aseguro que esa noche me parecieron océanos ofreciéndome un chapuzón en el más profundo deseo!
Según ella esa misma noche lo sedujo, claro que ella en eso tiene sobrada experiencia, conquista con la misma rapidez que se adjudica un tiempo de descanso para deshacerse de la caza. Por lo visto Pedro se lo había pasado tan bien que hasta se había olvidado de la edad que tenía, y le insinuó que estaría encantado de acompañarla en alguna que otra salida de las suyas, claro está sin su mujer. Y como Julia se acostó soñando que nadaba en el mar de sus ojos no tardó en invitarlo al día siguiente a tomar una copa, y en menos de una semana estaban los dos disfrutando de una suite con vistas, jacuzzi, una botella de Moët & Chandon y fresas. Mientras me lo contaba no podía parar de pensar en Sonia, en ese matrimonio, en los hijos en común y en la irresponsabilidad de ambos. Me comentaba que llevaban dos meses y medio viéndose todos los martes por la tarde en el mismo lugar con el mismo deseo, las fresas y el champagne. Pedro le ha prometido que antes que llegue a celebrar el próximo aniversario con su mujer habrá pedido el divorcio, la señal de que ha dejado a su mujer la encontrará un día entre las fresas, ella presiente que será un anillo de diamantes.
Supongo que mi cara era un poema y la suya un verso terminado, porque nos quedamos en silencio y me observaba con cara de rebobinar toda la conversación y contársela a las ocupantes de la mesa de al lado, pero no, me eligió a mí justo cuando salía de aquel autobús, cuando justo unos minutos antes acababa de encontrarme con Pedro Guzmán en una floristería de un centro comercial, donde estaba redactándole a la florista un mensaje para una tarjeta que ubicaría en un precioso ramo de rosas rojas: "Doce rosas por estos doce años juntos, por ser la madre de mis hijos, por ser la mujer de mi vida, por todo y más te quiero Sonia ¡Feliz Aniversario!".
—¡Ah Patricia, no se olvide de engancharle en el lazo el anillo, que pueda verlo nada más ver la nota y sobretodo, que no se pierda que es un diamante y...!
Y cada martes Julia se come las fresas con sumo cuidado y esperanzada de encontrar su anillo, el resto de la semana seguirá soñando que está al caer irse a vivir junto a él y posiblemente si todo sale como lo planea, antes de cumplir los 34 Julia podrá cumplir su sueño, ser mamá, eso sí, nada de boda, eso lo tendrá bien clarito.

sábado, 22 de diciembre de 2012

Algo o alguien imprescindible

Se nota que María se ha adaptado a mi carácter con facilidad, ya conoce todas mis manías y no le falta detalle alguno para conmigo, a primera hora de la mañana ordena, limpia y prepara el rincón donde paso la mayor parte de mi tiempo, ya se cuida ella que estos dos grandes ventanales estén impolutos, ni que tuviésemos niños por aquí dejando las manitas marcadas.
Me mantengo sentada aquí horas y nunca pensé que mi mayor distracción sería contemplar a la gente tras una ventana, aunque he podido comprobar que me gratifica más que la televisión, que sólo ponen programas para irritarnos, voceríos y peleas llamados debates, chismes comprados y alguna película con más drama que la propia vida. Ya tuve bastante en la habitación del hospital compartiendo televisor con la compañera de habitación, yo sin necesitarla y ella no dejaba de echar monedas para que el aparato no dejase de emitir luz y voceríos, menos mal que sólo estuve cinco días, alguno más y habría acabado por cargarme el televisor en algún momento en la que ella quedaba kao con el mando en la mano. Si al menos me hubiese tocado el lado de su cama con aquel espléndido ventanal habría sido menos sufrida la convalecencia. Añoré tanto observar por la ventana de aquella habitación que cuando llegué a casa me habilité una mini estancia en el rincón más luminoso de casa, el salón, en él tengo sol prácticamente todo el día porque es diáfano.
Desde que llegué del hospital la vida a través de ese gran ventanal se me antoja interesante.
Cada mañana, después de asearme, María prepara el desayuno para ambas, lo tomamos aquí juntas, al lado de esta ventana, ella conoce algunos transeúntes y me ayuda a saber de ellos y organizar sus vidas a nuestro antojo. Empezamos a despellejar a algunos que son asiduos a hacer los mismos gestos a diario, luego recoge la mesa y empieza con sus tareas de limpiar sobre limpio y hacer la comida. Siempre he sido muy independiente y desde que enviudé me he vuelto muy exigente, el hecho de tener que depender de alguien extraño que soporte mis manías y encima tenga que soportar yo las suyas me resultaba un poco incómodo y difícil de aceptar, pero he de decir que la recomendación de mi cuñada Luisa fue acertada –con esta chica no vas a tener problemas, es seria y responsable con su trabajo–. Y tenía razón.
Desayunamos, comemos y cenamos juntas y cuando ha terminado de limpiar lo que sigue limpio se sienta conmigo, algunas tardes echamos unas partidas al dominó, al parchís o la oca, los clásicos juegos de mesa que según María nunca fallan y entretienen. Otras veces enciendo un rato el televisor que aunque no me lo pide el cuerpo sé que a ella le gusta, veo como se queda hipnotizada con esos chismes y empieza a cambiar canales, a cual peor, pero claro, la entiendo porque estar conmigo debe resultar aburridísimo, no es cuestión de estar las dos aquí conversando con el silencio de nuestras respiraciones, sobretodo cuando oscurece y lo que ocurre en la calle pasan a ser sombras con algún haz de luz cuando pasan bajo las farolas, la de veces que me pregunto qué clase de transeúntes andarán a esas horas, cómo serán sus vidas.
Esta mañana nos hemos reído un rato con sólo observar la zona del kiosko de Emilio, como cada mañana hemos visto a Joaquín pararse delante de la pila de diarios y revisar la mayoría de ellos, los abre cono si fuesen suyos, pasa las hojas humedeciéndose el pulgar y con gran rapidez se lee los titulares, luego los vuelve a plegar y dejar en su lugar, eso sí, antes de marchar se pide un paquete de pipas que se come en la plaza de al lado rodeado de palomas, no entiendo como Emilio deja que haga eso, si todos hiciéramos lo mismo no vendería ni un periódico. Y como hoy era miércoles tocaba la llegada de Berta con su impaciencia pegada a su uniforme negro, Berta es una de las peluqueras de la calle, y digo unas porque hay tres, será que la calle se merece que la peinen. Berta siempre va a piñón fijo, compra cuatro o cinco revistas, de esa prensa rosa que nos colocan frente a los espejos o secadores; debo ser la única que ni las mira de reojo, a saber cuántos pulgares sobados de saliva han pasado por esas páginas.
Pero hoy el remate ha sido el portero del bloque de enfrente, un tal Mario, es la tercera semana que lo vemos merodear por el kiosko con las manos en los bolsillos, mira de un lado a otro como si estuviese a punto de robar algo y huir como un niño en una tienda de golosinas, pero no, lo que hace es esperar a que no pase nadie cerca para comprar un par de revistas porno. He de decir que sabemos que son revistas porno porque están colocadas en un sitio estratégico para no ser demasiado vistas por los niños que merodean por allí, al menos eso dice Emilio ¡Qué iluso Mario, si supiese que estamos aquí María y yo con nuestros ojos puestos para ver sus movimientos! y me refiero a los movimientos de la compra, porque los que hará después en su intimidad pasando hojas de papel cuché a todo color ya se lo dejamos a...
Esta mañana, la visita al kiosko de Mario nos ha pillado desayunando y casi nos atragantamos con el bizcocho, y no era por seco ni por falta de café, sino porque María se ha puesto a imitar a Mario con sus revistas pornográficas en horas ociosas y hasta me ha dicho que lo mismo cuando bajase a hacer la primitiva se pasaría por la portería a ver si lo pillaba infraganti, la película que ha montado imaginándose la escena me ha hecho reír tanto que he cogido hasta dolor de estómago. Ya le he dicho que en cuanto mejore y pueda salir por mi propio pie quiero que me acompañe al grupo de teatro en el que a veces colaboro, ese don que tiene María tiene que exprimirlo, encima transmitirá al grupo mucho humor que buena falta nos hace.
Para que luego digan que la televisión es el mejor entretenimiento, a mí con esta mujer no me hace falta alguna. Ahora mismo sale un olor de la cocina que merece un premio, y en lugar de describirlo voy a ver si puedo acercarme con ayuda de mis muletas a la cocina y probar la comida mojando un trocito de pan, ya sé que cuando me vea aparecer por la cocina me reñirá y es entonces cuando le contestaré: –Pero María, si es que este aroma que inunda todo el piso hace que se pongan en pie hasta los dolores ¿no crees que este es el mejor signo de recuperación que puedes ver en mí?– Ella se reirá y me cortará un trocito de pan con morcilla de su pueblo, rica, rica y me dirá: –Pruébela Berta, la hace Encarna y su marido, parece la morcilla que hacían en el pueblo de mis padres, esto sí levanta lo que haya que levantar...– Me miró con cara de pícara y nos volvimos a reír, supongo que pensando en Mario.
Ya le voy diciendo que cuando esté recuperada quiero ampliarle el contrato para que siga mimándome y haciéndome pasar gratos momentos, está claro que cuando envejecemos nos vemos en la necesidad de necesitar o de buscar algo o alguien que sea imprescindible, hoy María es ese alguien y la ventana ese algo.

Más sobre estos personajes aquí

viernes, 7 de diciembre de 2012

Cadillac solitario


Llegó asustada, aturdida, reconocí su voz al hablar con la enfermera en la ventanilla de la sala de urgencias, escuché como le decía que había venido sola, que las molestias que sentía le habían sorprendido entre la pescadería y la panadería, que no atinaba a llamar por teléfono a su marido o hijos; mientras la enfermera la tranquilizaba me detuve para interrumpir la conversación, agregué que yo la conocía y quería ser la acompañante hasta que llegasen sus familiares, fue una casualidad que me encontrase allí, justo cuando marchaba de mi cita de traumatología. Ana me miró sorprendida y me abrazó con gran entusiasmo, como si hubiese visto a su ángel de la guarda, la verdad es que me pregunto la de veces que ella llegó a ser el mío. Hicieron pasar a Ana para un reconocimiento de urgencias, a mí me pidieron que estuviese atenta en la sala de espera, todo apuntaba a un posible infarto, me quedé con las pocas pertenencias de Ana, una bolsa isotérmica con pescado en su interior, una barra de pan en una bolsa de lino y su bolso, me senté y busqué el teléfono en el bolso de Ana para llamar a Fernando, su marido. Observando los números de teléfono empecé a hacer un recorrido por el recuerdo, por sus caras, sus voces, es increíble lo bien que recuerdas las cosas vividas durante la infancia.
Ana ha sido siempre una gran amiga de la familia que dejé de ver justo unos meses antes de marcharme a vivir a México. Ella y su marido tienen tres hijos, dos chicas, Elvira la mayor nacida justo un año después de su boda y Sonia que vino dos años después de nacer Elvira; ocho años más tarde, cuando ya no creían poder ver más niños correteando por la casa, Ana volvió a quedarse embarazada de Ricardo, el hijo menor. Ricardo y yo nacimos el mismo día, en el mismo hospital y con una hora de diferencia. Mi madre y Ana se conocieron en una sala de pre-parto del hospital y ahí empezó una pequeña amistad hasta la fecha, una amistad que fue anidándose en tardes de cafés, guarderías y colegios.